Nuestra estancia en Geiranger sería de dos noches en el Hotel Geiranger.
El hotel se encuentra situado a orillas del fiordo, habitaciones espaciosas y limpias, excelente recepción y buen bufete de desayuno.
Durante una parte del trayecto de Trondheim a Andalsnes, la E136 discurre por un gran desfiladero bordeando un río con un paisaje grandioso, grandes paredes verticales y al fondo las cumbres de las montañas nevadas.
Ändalsnes está considerada como la puerta de acceso septentrional a los fiordos occidentales. En su magnífico puerto rara es la ocasión en la que no se vea un gran crucero atracado. Aunque el pueblo en sí no posee ningún encanto como tal, las vistas desde aquí son espectaculares. Después de comer en un restaurante italiano llamado Mamma Mia, situado en la calle trasera a la paralela del puerto nos dirigimos a las afueras con objeto de hacer algunas compras en un supermercado y a repostar gasóleo.
A partir de aquí nos esperaba una fuerte subida por la Carretera de los Trolls, hasta Geiranger y no sabíamos si nos íbamos a encontrar con alguna estación de servicio.
Comenzamos la ascensión haciendo una parada en una pequeña área de descanso para observar el paisaje y el serpenteo de la carretera (12% de pendiente) hasta llegar al nacimiento de la gran cascada.
En la subida más o menos a mitad de camino, existe un pequeño mirador desde donde poder fotografiar la Cascada de Stigfossen con sus 180 metros de altura.
En la cumbre se puede llegar hasta otro mirador y contemplar desde el mismo la impresionante vista del valle y de vuelta entretenerse en mirar las sucesivas tiendas de souvenirs existentes.
En el embarcadero de Linge cogimos el ferry que nos llevaría hasta Eisdal donde comenzamos a subir un pequeño puerto para luego descender por Ornevegen por la carretera del águila. Durante este trayecto y al doblar una curva se tiene la primera y extraordinaria visión del Geirangerfjorden o fiordo de Geiranger. A pesar de la llovizna el paisaje era inmenso.
Como casi durante todo el viaje la suerte nos acompañaba. La mañana siguiente lucía un sol espléndido con pequeñas nubes blancas que hacían que el paisaje resultase más hermoso.
Asomados en el pequeño muelle observamos que un gran crucero iba surcando las aguas hasta fondear allí mismo. Los turistas que llegaban en aquel crucero fueron bajando poco a poco y trasladados a tierra firme mediante lanchas. La tranquilidad se había acabado en el pueblo.
La noche anterior habíamos pensado dejar el coche aparcado en el hotel y hacer una de las travesías recomendadas por el fiordo. La única que se podía hacer en esta época era una al cercano pueblo de Eisdal, de apenas 45 minutos de duración pero suficiente para darte cuenta de lo que es un fiordo desde el agua.
Embarcados y antes de que partiese en ferry, un autobús de Japoneses o Chinos (no los distingo) hizo su aparición e inmediatamente sacaron a relucir su mala educación que hemos observado en nuestros distintos viajes. No solamente se apoderaron de cuantas sillas pillasen sin preocuparse si estaban ocupadas, sino que para mayor fastidio para los demás pasajeros sacaron a relucir sus hermosos paraguas, con lo que las vistas que puedan tener del paisaje se quedan bastante reducidas. Lo malo de esto es que como no suelen ir dos o tres sino que se pueden juntar 50 ó 100, apenas queda sitio para observar y poder sacar fotografías.
Durante la tranquila travesía se pueden observar alquerías abandonadas, preciosas y diversas cascadas como la de Storseter con apenas agua en esta época del año y sobre todo la fuerza del mar que ha ido erosionando las montañas hasta infiltrarse en tierra firme a través de profundas gargantas. Los 25 euros que costaba el paseo de ida y vuelta, merecieron la pena plenamente.
Eidsdal un pequeño y desparramado pueblo que apenas ofrece nada turísticamente hablando pero sí paisajísticamente. Se encuentra enclavado en un extremo del fiordo, rodeado de hermosas montañas con una preciosa cascada en el centro del pueblo. Es recomendable si el clima lo permite darse una vuelta y sentarse en una terraza a tomarse una cerveza hasta coger el próximo ferry de vuelta.
De vuelta de la excursión y después de haber comido en un pequeño restaurante al lado del hotel, decidimos subir carretera arriba a ver si podíamos ver la célebre piedra que hace de mirador y que aparece en cualquier folleto o postal de esta localidad. Desde la mencionada piedra hoy en día con protección así como la mejor vista del fiordo se obtienen desde el mirador de Flydalsjuvet a unos 5 kms del pueblo. Lo que no pude obtener es el angulo perfecto para sacar la fotografía al promontorio como hubiese deseado. De cualquier forma es espléndido.
De vuelta al hotel un paseo por sus proximidades, cena y a descansar que mañana nos esperaba Oslo.
La empinada y serpenteante carretera en dirección a Groti particularmente me parece mucho más bella que la famosa de los Trolls. De pendiente y estrechez como esta última, posee el encanto de tener más cascadas y el paisaje esta salpicado por pequeñas casitas típicas y solitarias, aparte de poder observar con toda su belleza el fiordo.
En la cumbre, según íbamos avanzando, nos encontramos en medio de la nada: ningún tipo de circulación, silencio absoluto y pequeñas lagunas y cumbres con neveros permanentes. Para ensalzar aún más lo fantasmagórico del entorno, empezó a caer una fina y fría lluvia que nos acompañó durante bastantes kilómetros.
Llegamos a Oslo después de hacer un alto en el camino para comernos unos bocadillos en una pequeña área de descanso y acercarnos a un taller para ver si nos podían cambiar la bombilla fundida de uno de los faros, ya que en Noruega es obligatorio llevar las luces de cruce tanto de día como de noche. No solo no supieron ponerme la bombilla, sino que, solamente por mirarla, nos cobraron 50 euros.
La entrada en la ciudad fue caótica después de estar acostumbrado a conducir por carreteras sin apenas circulación. A pesar de llevar el GPS, que me iba dando las órdenes precisas, me perdí y tomé una salida que no era la correcta. Menos mal que el GPS se volvió a orientar y por fin llegamos al Hotel Soria Moria. El hotel, para mi gusto el mejor de todo este viaje, está situado en la cima de una de las lomas de Holmenkollen, a escasos minutos del trampolín de saltos del mismo nombre y a unos 10 km del centro. Generalmente está destinado a convenciones y congresos, pero si se tiene suerte puedes hacer tu reserva.
Mirador de Kragstøtten. Muy cerca del hotel, bajando hacia Oslo, se encuentra este mirador con la estatua de Hans Hagerup Krag, obra de Gustav Lærum Lund en 1909. Rodeado de un inmenso bosque, ofrece unas vistas inmejorables de los alrededores de Oslo.
Caída ya casi la noche, nos decidimos por ir a cenar a uno de los restaurantes recomendados en un folleto informativo que encontramos en la habitación, editado en español. El lugar en cuestión fue Lofoten Fiskerestaurant, situado frente al puerto deportivo.
Por desgracia, en todos los sitios hay salvajes y Oslo no iba a ser una excepción. Para ir a cenar dejamos el coche aparcado en un parking público, después de haber pagado religiosamente dos horas y media de estancia y supuestamente vigilado. A la vuelta del restaurante, ya de por sí un poco indignados con la cena, nos encontramos con que nos habían roto la ventanilla trasera derecha. No sabemos si intentaron robar o fue simplemente mala idea al ver un coche con matrícula extranjera; el caso es que no nos faltaba nada.
Puestos en contacto con nuestra compañía de seguros para explicarles el caso, nos indicaron que hasta la mañana siguiente no se podía hacer nada, ya que no existía ningún taller de guardia. Con un gran cabreo y jurando en arameo, nos dirigimos al hotel para ver si por lo menos nos podían facilitar algún plástico o celofán para paliar un poco el desperfecto. No solo nos dieron esto, sino que además nos dejaron aparcar el coche a la puerta del hotel, algo más vigilado, y nos facilitaron el impreso de la denuncia obtenido a través de internet. Como estaba escrito en noruego, el propio señor de recepción fue traduciendo a Rodrigo el contenido al inglés para poder rellenarlo y llevarlo a la mañana siguiente a la comisaría correspondiente.
Efectivamente, al día siguiente nos dirigimos a la comisaría y después al taller que nos habían indicado. En este último trayecto nos saltamos uno de los peajes existentes, con la correspondiente sanción que recibimos al cabo de un mes. Interpuesto el recurso alegando que no nos dimos cuenta del peaje al ir pendientes del GPS, que nos indicaba cómo llegar al taller, además del estado de ánimo que llevábamos y adjuntando la denuncia, nos anularon la sanción. Incluso nos enviaron una carta indicándonos que estaban realizando las pesquisas para dar con el autor de la rotura, y de esto último nada más se supo.
Una vez terminada la reparación del cristal, nos dirigimos a Rødbyhavn para coger el ferry hasta Alemania y llegar a hacer noche en Hamburgo. A la mañana siguiente nos dirigimos a Besançon para pernoctar y continuar al día siguiente hacia Nîmes, donde haríamos otra noche antes de dirigirnos a Peñíscola.
Aquel incidente estuvo a punto de empañar el viaje, pero también nos recordó que, incluso lejos de casa y sin compartir idioma, siempre hay personas dispuestas a ayudarte.
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Pais : Noruega Provincia : Møre og Romsdal Distrito : Sunnmøre Superficie : 382 km² Municipio : Stranda Moneda : Corona Noruega Coordenadas Ayuntamiento GPS : Latitud: 62°06'08.0"N Longitud: 7°12'23.0"E Google Maps : 62.102222, 7.206389 Oficina de TurismoGeirangevegen 2Tfno. : +47 70 26 30 99 6216 Geiranger |
