El nombre de Torres de la Alameda combina dos elementos. Por un lado, “Torres”, que podría hacer referencia a antiguas construcciones defensivas o de vigilancia. Por otro, “de la Alameda”, añadido con posterioridad debido a la abundancia de álamos en el entorno del municipio.
Hasta el siglo XIX la localidad era conocida simplemente como Torres, incorporándose después el término “de la Alameda”, que ha perdurado pese a la desaparición de la mayor parte de estos árboles a comienzos del siglo XX.
Gentilicio : Torresanos/as

El territorio donde hoy se asienta Torres de la Alameda estuvo habitado desde tiempos muy antiguos. En su término y en su entorno inmediato han aparecido restos que remiten al Calcolítico y a la transición hacia la Edad del Bronce, con hallazgos situados cerca de la colina que hoy ocupa el polígono industrial, en un punto estratégico junto a la confluencia de los arroyos Anchuelo y Pantueña.
Más adelante, durante la Edad del Hierro, el área quedó vinculada al importante poblamiento del entorno del cerro de San Juan del Viso, donde existió una comunidad de tradición celtibérica relacionada con el núcleo prerromano que luego daría lugar a Complutum. En las proximidades del actual casco urbano, especialmente en la zona del Calvario y de la actual plaza de toros, han aparecido restos que apuntan a pequeños asentamientos dependientes de ese foco principal.
Con la llegada de Roma, el territorio se integró en la red de comunicaciones de la Carpetania. Desde Complutum partían caminos hacia el sureste, y todo indica que en el entorno de Torres debieron existir explotaciones rurales de época romana. La huella más destacada de este tiempo es la estela funeraria romana hoy conservada en la ermita de la Soledad, a la que se suman otros fragmentos lapidarios, monedas y restos dispersos. Todo ello hace pensar que el origen de Torres como núcleo estable hunde sus raíces, al menos en parte, en la época romana.
Durante la etapa visigoda debió de mantenerse la ocupación del lugar o de sus alrededores, probablemente en continuidad con asentamientos anteriores. La aparición de monedas visigodas refuerza la idea de que no hubo una desaparición total del poblamiento.
Ya en época andalusí, la zona quedó integrada en la órbita de Toledo. Aunque durante mucho tiempo se repitió la idea de que Torres había sido fundada por los musulmanes, esa hipótesis hoy no se sostiene. Lo más probable es que existiera una continuidad de población sobre asentamientos previos, quizás en el entorno del monte del Calvario, manteniendo además su función de parada en una vía de comunicación importante entre Toledo y Alcalá.
Durante el Siglo XI, tras la conquista cristiana de Toledo en 1085 y la progresiva ocupación de Alcalá y su tierra, el territorio de Torres entró en la órbita del arzobispado de Toledo. Fue una etapa todavía inestable, marcada por avances, retrocesos y disputas de frontera, pero decisiva para la reorganización del espacio tras el dominio islámico.
En el transcurso del Siglo XII, Torres formó parte del alfoz de Alcalá de Henares, bajo jurisdicción de la mitra toledana. Fue un periodo convulso, con tensiones entre Segovia y Toledo por el control de las aldeas de la zona, además de episodios ligados a la presión almohade. Aun así, la aldea fue consolidándose dentro del sistema repoblador castellano.
La auténtica estabilización de Torres llegó en el Siglo XIII, especialmente tras la victoria cristiana de Las Navas de Tolosa en 1212. En este contexto, el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada reorganizó el territorio y Torres quedó integrada entre las veinticinco aldeas de Alcalá, dentro del señorío arzobispal.
Fue entonces cuando debió consolidarse el traslado del poblamiento desde el entorno del Calvario al emplazamiento actual, sobre un collado cercano. La nueva organización del casco, con trazado radial en torno a la iglesia, responde a esta refundación bajomedieval. La parroquia primitiva, de estilo mudéjar, simbolizaba la nueva sociedad cristiana, aunque en ella todavía quedó reflejada la convivencia con población de tradición musulmana.
Durante el Siglo XIV, debió continuar la consolidación del núcleo ya establecido en época anterior. La iglesia mudéjar se desarrolló entre los siglos XIII y XIV, y el pueblo fue afianzando su estructura urbana en torno al templo y a las calles que irradiaban desde él. Aunque las noticias concretas son escasas, todo apunta a una continuidad del crecimiento iniciado en la centuria anterior.
En el Siglo XV, a finales de la Edad Media, Torres formaba parte del llamado Cuarto de Arganda, dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de Alcalá. La documentación refleja todavía una aldea de tamaño modesto, con unos 15 vecinos, pero plenamente integrada en la organización territorial del arzobispado complutense.
El Siglo XVI fue decisivo en la historia de Torres. En pleno proceso de fortalecimiento de la monarquía, la aldea consiguió en 1555 el título de villa, otorgado en nombre de la Corona por la princesa Juana, hija de Carlos I. Con ello quedaba eximida de la jurisdicción de Alcalá de Henares y adquiría capacidad de gobierno local, con jurisdicción civil y criminal propia.
Pese a esta independencia respecto de Alcalá, la villa siguió sometida todavía a la autoridad señorial del arzobispado de Toledo, que continuó interviniendo en el nombramiento de cargos públicos. Al mismo tiempo, comenzaron los pleitos por términos, dehesas y aprovechamientos con Alcalá y con otras antiguas aldeas del común.
En 1578, por orden de Felipe II, Torres fue apartada de la jurisdicción arzobispal y pasó a integrarse en la Corona, aunque con posibilidad de ser vendida posteriormente. Este cambio reflejaba la política de la monarquía de debilitar poderes señoriales tradicionales y reforzar el control real.
Fue también una centuria de notable prosperidad. La villa creció demográficamente, desarrolló una economía variada —ganadería, agricultura, comercio local y producción de aceite— y acometió importantes obras. En este contexto se levantó la gran iglesia renacentista de la Asunción de Nuestra Señora, seguramente sobre el solar del templo mudéjar anterior, y también la ermita de la Soledad, ligada probablemente a la vida ganadera local.
A comienzos del Siglo XVII, Torres superaba ya los doscientos vecinos, señal de una etapa todavía dinámica. Sin embargo, la centuria estuvo marcada por los problemas generales de la monarquía de los Austrias y por la venta de jurisdicciones como medio de financiación.
En 1669, la jurisdicción de Torres fue vendida y la villa pasó a convertirse en señorío civil, vinculándose al ducado de Medina de las Torres y al marquesado del Toral de los Guzmanes. Así, en menos de un siglo, Torres había pasado de depender del arzobispo a integrarse en la Corona y de ahí a convertirse en señorío nobiliario. Pese a ello, continuaron los conflictos con Alcalá por términos y aprovechamientos, y también las tensiones por el nombramiento de oficios públicos.
En el terreno religioso, uno de los hechos más singulares fue la llegada a la parroquia de una copia de la Sábana Santa de Turín, certificada por contacto con la original en 1620, reliquia excepcional que dio prestigio a la iglesia local. La parroquia fue además reuniendo otras reliquias y objetos de culto, reflejo de una intensa vida religiosa y de la relevancia de varios eclesiásticos naturales de la villa.
El Siglo XVIII, comenzó con cambios en la titularidad señorial y con la presencia en el término de propiedades ligadas a Juan de Goyeneche, figura clave del reformismo borbónico. Torres siguió bajo jurisdicción nobiliaria, ya vinculada al condado de Altamira y al marquesado de Astorga.
En el plano económico, la centuria muestra altibajos. El Catastro de Ensenada refleja una economía todavía cargada de deudas, con predominio agrícola y una ganadería menos pujante que en otros tiempos, aunque las Relaciones de Lorenzana dejan ver una recuperación parcial en las décadas finales del siglo, con repunte del cereal, de la ganadería lanar, de la producción de cal y yeso y de ciertos aprovechamientos forestales.
A finales del siglo XVIII, Torres rondaba los 200 vecinos y unos 750 habitantes de comunión. La documentación de este tiempo ofrece además una imagen muy interesante del casco, articulado en torno a la iglesia y rodeado por varias ermitas que configuraban una especie de cruz en los cuatro puntos cardinales.
Fue también un siglo de intensa religiosidad local. Destacó la figura de Claudio Sanz y Torres, que llegó a ser obispo de Almería, así como la continuidad de donaciones artísticas y devocionales a la parroquia. El actual cementerio conserva una inscripción de 1704, fecha temprana que podría relacionarse con obras en la ermita del Cristo o con transformaciones urbanas del entorno de la plaza del Sol.
El Siglo XIX, comenzó bajo el impacto de la Guerra de la Independencia, durante la cual las tropas francesas saquearon Torres, afectando especialmente a la parroquia y a varios edificios públicos. La posguerra fue larga y difícil, y los datos de Miñano y Madoz reflejan un panorama de crecimiento muy lento y economía modesta.
La villa siguió viviendo principalmente de la agricultura, con montes, dehesas, viñedos y olivares, pero sin lograr una prosperidad clara. Persistieron durante buena parte del siglo los problemas económicos municipales y la escasez de recursos.
En el plano político y administrativo, esta centuria fue clave. La abolición de los señoríos impulsada por las Cortes de Cádiz en 1811 y 1812 supuso el desmantelamiento del viejo régimen jurisdiccional, poniendo fin al marco señorial heredado de siglos anteriores. Poco después, la reforma territorial de Javier de Burgos de 1833 integró definitivamente a Torres en la provincia de Madrid, dejando atrás su antigua dependencia de Toledo. Desde entonces quedó vinculada al partido judicial de Alcalá de Henares.
Durante la segunda mitad del siglo XIX la población fue aumentando lentamente. Se mejoraron caminos, se sanearon algunas calles y se completó el deslinde definitivo con Alcalá. En estos años quedaron además levantados los planos del Instituto Geográfico, que permiten conocer con bastante precisión la morfología histórica del pueblo: un casco de marcado carácter radial, organizado en torno a la plaza del Sol y a la iglesia, del que partían las principales calles tradicionales.
Durante la primera mitad del siglo XX, Torres mantuvo una evolución demográfica bastante contenida, en una economía todavía modesta. En algún momento de estas décadas el pueblo adoptó definitivamente el nombre de Torres de la Alameda, en referencia al arroyo que históricamente se conocía con ese nombre.
La Guerra Civil supuso un golpe muy duro. El pueblo fue utilizado como acuartelamiento republicano dentro del contexto de la batalla del Jarama, y se produjo una importante destrucción del patrimonio religioso. Aunque la fábrica de la iglesia no sufrió daños estructurales graves, se perdieron retablos, sepulcros, imágenes, reliquias y objetos litúrgicos de gran valor. También desapareció la ermita de Santa Susana y el vía crucis del Calvario, mientras que la ermita de la Soledad quedó abandonada.
En la posguerra se emprendieron tareas de reconstrucción, pero la gran transformación llegó desde mediados del siglo XX. El crecimiento de los polos industriales de Torrejón de Ardoz y Alcalá de Henares favoreció el desarrollo de pequeñas industrias en Torres, especialmente relacionadas con arcillas, yesos, tejas y ladrillos. Esto se tradujo en un fuerte aumento de población entre 1960 y 1970.
La crisis de los años setenta provocó cierres industriales y desempleo, pero el municipio ya había entrado en una nueva dinámica: la de la suburbanización respecto a las ciudades del corredor del Henares. Desde entonces, buena parte de la población pasó a residir en Torres y trabajar en otros núcleos cercanos.
Con la llegada de la democracia y más tarde de la Comunidad de Madrid, se impulsaron normas de protección del casco histórico, nuevos equipamientos públicos y proyectos urbanísticos de mayor ambición. En las décadas finales del siglo XX se construyeron edificios como el polideportivo, el IES Senda Galiana, el centro de salud y otras infraestructuras que prepararon al municipio para su gran expansión residencial.
En los primeros años del siglo XXI, Torres de la Alameda experimentó un crecimiento residencial muy fuerte, con nuevas promociones y urbanizaciones que ampliaron enormemente el casco histórico. Este desarrollo, impulsado en plena expansión inmobiliaria, transformó la imagen del municipio y lo consolidó como una localidad en clara relación funcional con el eje Madrid-Guadalajara.
Junto a ese crecimiento, se levantaron nuevos equipamientos como residencias de mayores y se intentó ordenar urbanísticamente la expansión mediante distintos planeamientos, aunque algunos quedaron paralizados. Aun así, el casco antiguo sigue conservando la huella de su origen medieval, articulado en torno a la iglesia y a la plaza del Sol, núcleo histórico desde el que se desarrolló la villa a lo largo de los siglos.

Comenzamos nuestra visita a Torres de la Alameda en la Plaza del Sol, centro neurálgico del pueblo, donde se encuentra el Ayuntamiento y la Iglesia Parroquial de la Asunción de Nuestra Señora.
En la plaza, de considerables dimensiones, llama la atención un conjunto formado por antiguas muelas de molino de aceite y elementos metálicos asociados al sistema de molienda, testimonio de la actividad agrícola tradicional del municipio, donde la producción de aceite tuvo cierta importancia en épocas pasadas.
Adosado a uno de los muros de la iglesia se encuentra este conjunto escultórico, obra de José Luis Fernández, realizada en 2009, en el que se representa una escena familiar acompañada por unas palomas.
Nos centramos ahora en la Iglesia Parroquial de la Asunción de Nuestra Señora, el principal edificio del municipio, cuyos elementos se han ido levantando en diferentes épocas: la torre-campanario entre los siglos XIII y XIV, el templo en el siglo XVI y la cabecera ya en el siglo XVII.
Al exterior, la iglesia presenta una fábrica heterogénea en la que se combinan mampostería, sillería y elementos de ladrillo, resultado de las distintas fases constructivas por las que ha pasado el edificio. Esta variedad se aprecia especialmente en la torre, donde los distintos cuerpos muestran soluciones y materiales diferentes, evidenciando su evolución a lo largo del tiempo.
Este conjunto no responde a una construcción homogénea, sino a la superposición de intervenciones realizadas a lo largo de varios siglos, lo que le confiere un aspecto irregular pero, al mismo tiempo, muy representativo de su evolución histórica.
Del exterior destaca sobre todo el pórtico situado en la Plaza del Sol, el cual cobija una galería con siete arcos carpaneles sobre capiteles, que se apoyan en columnas y basamentos toscanos, conectados por un plinto corrido. Llama la curiosidad cómo los rosetones de tracería existentes entre las enjutas de estos arcos son todos diferentes.
En este pórtico existe una de las dos puertas de acceso al interior del templo; en este caso se trata de una portada bastante simple, compuesta por un arco de medio punto recercado con sillería, con un portón fechado en el siglo XVII.
La otra puerta se encuentra a los pies de la iglesia, construida sobre un zócalo con peldaños, con mampuestos y sillares entre verdugadas (filas) y machones (pilares) de ladrillo. La portada presenta sillares moldurados en piedra caliza, capiteles toscanos y un arco de medio punto con grandes dovelas, con dos medallones en las enjutas y un escudo en la clave.
La torre-campanario presenta una construcción sobria y de marcada verticalidad, levantada principalmente en mampostería y reforzada con verdugadas de ladrillo, lo que sugiere una combinación de fases constructivas o técnicas tradicionales propias de la arquitectura castellana.
Su cuerpo es macizo y apenas presenta vanos en altura hasta llegar al remate, donde se abren los huecos de campanas mediante arcos de medio punto en cada uno de sus lados. Esta parte superior, más cuidada, responde a una función claramente litúrgica y visual, actuando como elemento dominante del conjunto.
Se aprecia una cierta irregularidad en los materiales y en los paramentos, lo que apunta a intervenciones o reparaciones a lo largo del tiempo. El remate es sencillo, con cubierta a cuatro aguas y cruz superior, sin excesos decorativos, reforzando el carácter funcional del conjunto.
En conjunto, la torre responde a un modelo tradicional de campanario rural, donde prima la solidez estructural sobre la ornamentación, integrándose de forma natural con el resto del edificio.
El interior, de planta rectangular, presenta un tipo basilical con tres naves, crucero, transepto y ábside semicircular. Las naves se encuentran separadas por arcos de medio punto, sustentados por tres pilares (machones) rectangulares, con capiteles y basas toscanos.
La cubierta de la nave principal es de madera de par y nudillo (vigas inclinadas unidas por travesaños horizontales) y tirantes transversales (vigas inferiores que sujetan los pares). Las cubiertas de las naves laterales son de vigas de madera a un solo agua.
El crucero se encuentra levantado entre cuatro pilastras con capiteles y basas toscanos, cubierto por una bóveda esquifada con lunetos, sobre la que se eleva un cimborrio de planta cuadrada.
En el lado del evangelio se encuentra abierta la capilla del Rosario, añadida en el siglo XVII, cubierta por una cúpula rebajada sobre pechinas y rematada por un cupulín a modo de linterna. La capilla se encuentra cerrada hacia la iglesia por una cancela de rejería.
A la sacristía se accede por el lado del evangelio mediante una portada renacentista de frontón, con pilastras toscanas.
A los pies se sitúa el coro, que se encuentra en alto, protegido por una balaustrada de madera torneada.
En el transepto, en el lado de la epístola, se encuentra la urna con la copia de la sábana santa, que únicamente se expone en Semana Santa, trasladándose a la ermita de la Soledad. Se trata de una de las copias existentes de la Sábana Santa de Turín, con la que estuvo en contacto, estando fechada dicha impronta el 3 de mayo de 1620.
Sobre la llegada de la misma a la iglesia de Torres de la Alameda existe la versión —no documentada— de que un confesor de la reina la recibió como obsequio y la llevó a su localidad antes de regresar a su convento en Cuenca, dejándola aquí. Se estima que en el mundo existen alrededor de un centenar de copias, siendo esta la única conservada en la diócesis de Alcalá. Aunque presenta gran similitud en cuanto a la tela y el aspecto general, no es exactamente igual que la de Turín.
Partimos de la Plaza del Sol por la parte del ábside de la iglesia, para dirigirnos hacia la Calle del Rosario, torcer a la izquierda hacia la Plaza Maravillegas y, desde este punto, caminar por la Calle de las Angustias durante unos 140 metros hasta encontrarnos frente a la Ermita de la Soledad.
Se trata de una construcción de finales del siglo XVI o principios del XVII, con la peculiaridad de contar con dos puertas de acceso abiertas bajo un doble arco, los cuales se apoyan sobre impostas y pilastras de estilo toscano, con un pequeño medallón en la enjuta central. Sobre este conjunto se dispone una hornacina rematada con un frontón triangular ligeramente elevado respecto al plano del muro. La planta es rectangular y de una sola nave.
La fecha de su construcción, como se ha indicado anteriormente, se sitúa entre finales del siglo XVI y principios del XVII, dentro de un lenguaje de transición hacia el renacimiento. Con respecto a su historia constructiva, se conoce la fecha exacta del encargo de las puertas, el 10 de febrero de 1603, por parte del párroco, el abad y el mayordomo de la cofradía, al carpintero madrileño Simón de Peralta, quien debía tenerlas finalizadas a finales de ese mismo año.
Los muros, en origen, fueron levantados en piedra caliza blanquecina, con sillería en la fachada principal y mampostería irregular en los otros tres lados, combinada con sillares en recercados, cornisas y contrafuertes, además de algún cajón de ladrillo. Durante la Guerra Civil fue totalmente saqueada, con la destrucción de todo su patrimonio religioso, iniciándose a partir de entonces un progresivo abandono, hasta el punto de que algunos testigos afirmaron que en su interior se almacenaban enseres viejos de los vecinos.
A finales del siglo XX, la Diócesis de Alcalá de Henares, junto con la Comunidad de Madrid, encargaron un proyecto de rehabilitación integral a Juan de Dios de la Hoz Martínez y a José Luis González. Durante la ejecución de las obras se recuperaron los sillares y sillarejos, sustituyéndose parte de la mampostería por fábrica tradicional de ladrillo revocado.
En la esquina de la fachada principal, empotrada en el lado de la epístola, se encuentra una estela funeraria romana, la cual ya aparece en las relaciones de Lorenzana describiéndola como, "tiene de alto esta lápida como diez palmos y cuatro de ancho y algo más de dos de grueso, y en su exterior plano se ven dos vaciados". Muy erosionada en la actualidad, su inscripción resulta difícil de leer con claridad; no obstante, según la interpretación recogida en la documentación del COAM, podría corresponder a una mujer llamada Domitia Fuscina, siguiendo las fórmulas habituales de la epigrafía latina.
Aunque la lectura no es completamente segura debido al desgaste de la piedra, la inscripción incluiría expresiones típicas como hic sita est (“aquí yace”) y sit tibi terra levis (“que la tierra te sea leve”). La presencia de esta estela, reutilizada en la fábrica de la ermita, constituye además un interesante testimonio de la ocupación romana en la zona y de la práctica, frecuente en épocas posteriores, de reaprovechar materiales antiguos en nuevas construcciones.
Retrocedemos unos metros por la Calle de las Angustias hasta llegar a la Calle Ancha, donde giraremos a la derecha hasta encontrarnos, tras cruzar la M-225, a la izquierda con la Calle Diego de Almagro, el Parque Dos de Mayo o del Cementerio y la entrada al mismo, que al atravesarla sitúa de frente la Ermita del Santísimo Cristo del Amparo.
Se trata de una construcción sencilla, de planta rectangular y una sola nave, cuya configuración actual responde a una reconstrucción que, según la documentación, pudo llevarse a cabo en el año 1704. Su aspecto exterior combina una fachada principal encalada, de gran sobriedad, con muros laterales donde se aprecia claramente la fábrica original de mampostería irregular, con abundante reutilización de materiales.
La portada se resuelve mediante un arco de medio punto recercado con sillería, sin apenas elementos decorativos, reforzando ese carácter austero propio de este tipo de edificaciones. Sobre la cubierta, a cuatro aguas y teja árabe, se alza una pequeña espadaña o cuerpo superior rematado con cruz.
En uno de los laterales puede observarse un vano cegado que podría corresponder a un antiguo acceso o a una apertura posterior hoy clausurada, lo que refuerza la idea de las distintas intervenciones y transformaciones que ha experimentado el edificio a lo largo del tiempo.
El entorno actual, completamente integrado en el recinto del cementerio, modifica la percepción original de la ermita, que debió de situarse en un espacio más abierto antes de la configuración moderna de este recinto.

Fuentes: Folletos Comunidad de Madrid, WEB Ayuntamiento,COAM, ChatGPT y Paneles explicativos
