Arroyomolinos, situado en la Comarca Sur de la Comunidad de Madrid, es un municipio profundamente transformado por el crecimiento residencial de las últimas décadas. Su imagen actual responde en gran medida a esa expansión urbana reciente, que ha cambiado de forma notable la fisonomía del antiguo núcleo rural.
Aunque no conserva un conjunto monumental amplio, todavía mantiene algunos elementos que permiten acercarse a su pasado histórico, como el Torreón, las antiguas escuelas y otros rincones vinculados a la evolución del municipio. Esta página recoge esos puntos de interés y ofrece una visión general de su historia, patrimonio y fiestas.
Como bien expresa su nombre, el origen de Arroyomolinos está relacionado con los molinos harineros que existieron en su día en el curso del Arroyo de los Combos. A lo largo de su historia, hasta llegar a la denominación actual, el municipio ha recibido distintos nombres, entre ellos: Arroyo Molinos, Chozas del Arroyo, Las Chozas del Arroyo de los Molinos, Molinos del Arroyo y Arroyo de Molinos.
Gentilicio: arroyomolinenses/as

De los primeros indicios al Siglo X, el conocimiento histórico y arqueológico de Arroyomolinos es todavía muy limitado. Las prospecciones realizadas en el término municipal han sido escasas, por lo que no puede hablarse con seguridad de un poblamiento estable en época prehistórica, romana o visigoda. Aun así, el entorno del río Guadarrama, los márgenes del arroyo de los Combos y algunas zonas próximas al núcleo urbano han sido considerados espacios de interés arqueológico, aunque en muchos casos los restos son aislados o están pendientes de una investigación más completa.
El territorio de Arroyomolinos quedó al margen de las principales vías de comunicación de época romana que articularon otras zonas de la región. Su importancia histórica comienza a perfilarse con mayor claridad a partir de la Edad Media, cuando esta parte del suroeste madrileño quedó integrada en el proceso de repoblación castellana y en la organización territorial dependiente de Segovia.
Entre los Siglos XI y XIII, tras la incorporación de la zona al ámbito cristiano, Arroyomolinos quedó vinculado a la repoblación segoviana, como ocurrió con otros lugares de su entorno. Formó parte de la llamada Extremadura castellana y quedó incluido en la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, dentro del sexmo de Casarrubios, uno de los territorios más meridionales de aquella jurisdicción.
Los primeros datos sobre el emplazamiento de Arroyomolinos se remontan a los siglos XII y XIII. En esta época debieron existir pequeños asentamientos rurales relacionados con el aprovechamiento agrícola, ganadero y molinero del territorio. El núcleo primitivo, conocido como Arroyo Molinos, Chozas de Arroyomolinos o Chozas de Arroyo Molinos, se situaría cerca del límite con Móstoles y Moraleja de Enmedio, en las proximidades del antiguo arroyo de San Pedro, hoy arroyo de la Ruana.
También se conocen referencias a antiguos despoblados vinculados al término, como el de la Zarzuela o montecillo de San Andrés, situado en las inmediaciones del Guadarrama. Estos enclaves muestran que la población medieval de la zona no estuvo concentrada desde el principio en un único núcleo, sino repartida en pequeños asentamientos que, con el tiempo, acabarían influyendo en la configuración del Arroyomolinos actual.
El Siglo XIV permite ver con mayor claridad la vinculación de Arroyomolinos con el señorío de Casarrubios. En 1352, el rey Pedro I concedió a Diego Gómez de Toledo el lugar de Casarrubios del Monte y le autorizó a poblar el lugar de Chozas de Arroyo de Molinos, donde ya existía un poblamiento escaso. La propia denominación del lugar refleja un hábitat humilde, formado por chozas y molinos relacionados con el curso del agua.
A mediados de este siglo se suceden distintas referencias señoriales, no siempre fáciles de armonizar. Algunas fuentes citan a Marina Alonso de Meneses como señora de Arroyomolinos en 1356, mientras que otros datos relacionan el lugar con la herencia de Pedro Suárez de Toledo, que recibió la confirmación del señorío de Casarrubios y Chozas de Arroyomolinos en tiempos de Juan I. Esta complejidad documental es habitual en la Baja Edad Media, cuando podían solaparse derechos señoriales, posesiones efectivas y reclamaciones familiares.
Durante este periodo, Arroyomolinos continuó siendo un pequeño núcleo rural dependiente de poderes señoriales, vinculado al cultivo de la tierra, al aprovechamiento de pastos y al funcionamiento de los molinos. Su historia local se entiende mejor dentro del marco más amplio del sexmo de Casarrubios y de las disputas territoriales entre Segovia, Toledo y distintos linajes nobiliarios.
El Siglo XV fue decisivo para la historia de Arroyomolinos. El lugar aparece relacionado con Juana Enríquez, madre de Fernando el Católico, dentro del conjunto de bienes vinculados a Casarrubios, Pinto y otros lugares próximos. A mediados de siglo, Arroyomolinos se encontraba dentro de un complejo entramado de herencias, donaciones y disputas políticas en torno a la Corona de Castilla.
Tras la muerte de Juana Enríquez y la reincorporación de estas posesiones al ámbito castellano, el lugar pasó por distintas manos. Entre los personajes relacionados con Arroyomolinos destacan Alvar Gómez de Ciudad Real, Juan Fernández Galindo, Pedro López de Ayala, conde de Fuensalida, Gonzalo Chacón y Juan de Oviedo. Las tensiones entre estos personajes y sus respectivas reclamaciones dieron lugar a conflictos que marcaron profundamente la historia del pueblo.
En este contexto se levantó el torreón de Arroyomolinos, su principal monumento histórico. La construcción fue iniciada por Juan de Oviedo, en un momento de enfrentamientos por el control del señorío, y hacia 1476 las obras estaban prácticamente terminadas. Gonzalo Chacón, finalmente vencedor en la disputa, completó la fortaleza e incorporó a ella sus escudos, junto con los de los Reyes Católicos.
En 1484, Gonzalo Chacón y su esposa Clara de Albornoz fundaron mayorazgo sobre Casarrubios del Monte, Arroyomolinos y otras posesiones. Poco después, en 1486, se firmó una concordia con los vecinos por la que estos quedaban obligados al pago de una renta en forma de diezmo y no podían adquirir tierras en el término. Esta situación refleja una estructura social muy dependiente del señorío, en la que los vecinos trabajaban tierras que no les pertenecían en propiedad.
Durante los últimos años del siglo XV continuaron los pleitos por términos, pastos y jurisdicciones. El torreón llegó a desempeñar funciones de cárcel en algunos de estos conflictos, y Arroyomolinos quedó integrado en un espacio fronterizo de tensiones entre los Chacón, los marqueses de Moya, Segovia y las nuevas realidades territoriales surgidas en torno a Navalcarnero.
El Siglo XVI mantuvo a Arroyomolinos como una pequeña villa agrícola y molinera, bajo el dominio señorial de la familia Chacón y vinculada administrativamente al reino de Toledo. Aunque los datos conservados son escasos, todo indica una continuidad en las formas de vida heredadas de la Baja Edad Media.
Los vecinos vivían principalmente de la agricultura, con predominio de los cereales y cierta presencia de la vid, y seguían explotando los molinos harineros que daban nombre a la localidad. Estos molinos tenían importancia comarcal, ya que vecinos de pueblos cercanos acudían a Arroyomolinos para moler su grano, aprovechando la fuerza del arroyo de los Combos y de otros cursos de agua de la zona.
En esta centuria siguieron presentes los problemas fronterizos con Segovia y con otros señoríos del entorno. La pérdida definitiva de la Zarzuela a favor de Navalcarnero se relaciona con estos conflictos, que muestran la complejidad territorial de esta parte del suroeste madrileño durante la Edad Moderna.
El Siglo XVII fue una etapa de estancamiento para Arroyomolinos. La documentación es escasa, pero los censos conocidos reflejan una población muy reducida: en 1643 se citan 21 vecinos y en 1694 apenas 25. El crecimiento fue, por tanto, mínimo, y el pueblo mantuvo una estructura social y económica muy humilde.
Las viviendas debieron de ser sencillas, construidas con materiales propios de la arquitectura popular de la Sagra madrileña, como adobe, tapial, encalados y cubiertas de teja. La imagen urbana de Arroyomolinos sería la de un pequeño núcleo rural, formado por casas modestas y dependencias agrícolas.
Durante esta centuria continuó la dependencia señorial de los Chacón, convertidos en condes de Casarrubios desde finales del siglo XVI. Los asuntos importantes se resolvían en Casarrubios y, en última instancia, en la Chancillería de Valladolid. Arroyomolinos seguía siendo una villa pequeña, agrícola y dependiente, alejada de los grandes acontecimientos políticos, aunque afectada por las dinámicas señoriales del territorio.
El Siglo XVIII ofrece más información gracias al Catastro de Ensenada y a la Descripción de Lorenzana. En 1751, Arroyomolinos seguía siendo un pueblo muy pequeño, con entre 17 y 24 familias y unas 19 o 20 casas de construcción humilde. La mayor parte de los vecinos se dedicaba a la agricultura, como labradores o jornaleros, trabajando tierras de secano dedicadas al trigo, cebada, centeno y avena, junto a huertas de regadío cercanas al arroyo de los Combos.
El régimen señorial seguía pesando de forma decisiva sobre la vida local. Buena parte del término pertenecía al señor temporal, entonces vinculado al condado de Miranda, y continuaba vigente la situación heredada del contrato de terrazgo de 1486, por la que los vecinos no eran propietarios del suelo municipal y debían pagar rentas o diezmos por su aprovechamiento.
Los molinos harineros seguían siendo la principal actividad industrial del municipio. A mediados del siglo XVIII se citan cuatro molinos: el Nuevo, los dos llamados Batanes y el Molino del Río. Todos funcionaban con agua corriente del arroyo, que desembocaba en el Guadarrama, y continuaban atrayendo a vecinos de localidades cercanas como El Álamo o Navalcarnero.
El torreón, conocido entonces también como casa-castillo, era propiedad señorial y se alquilaba al pueblo para servir como pósito, es decir, como almacén de grano. Esta función muestra cómo la antigua construcción defensiva se adaptó a las necesidades agrícolas de una comunidad pequeña y pobre.
En 1779 se reformó la iglesia parroquial y se terminó de reconstruir su torre, dañada por los efectos del terremoto de Lisboa de 1755. Pocos años después, en 1786, la Descripción de Lorenzana presentaba un pueblo con graves problemas sanitarios, debido a su emplazamiento bajo, a la presencia de arroyos cercanos y a la mala calidad del agua disponible. Aun así, el informante Francisco Sanz señalaba cierta mejoría en los últimos años, gracias a la puesta en cultivo de una parte importante del término.
El Siglo XIX comenzó con Arroyomolinos todavía como una pequeña localidad rural. Hacia 1810, durante la ocupación napoleónica, aparece en un mapa levantado por el ejército francés junto al camino de Navalcarnero a Leganés. En esos años seguía siendo un pueblo marcado por la agricultura, los arroyos y unas comunicaciones difíciles.
La abolición de los señoríos jurisdiccionales por las Cortes de Cádiz en 1812 supuso el final legal de las antiguas estructuras señoriales, aunque en pueblos como Arroyomolinos la transformación social y económica fue lenta. La propiedad de la tierra continuó concentrada en pocas manos durante buena parte del siglo, y la vida local siguió dependiendo de la agricultura, la ganadería y los recursos tradicionales.
La reforma territorial de Javier de Burgos de 1833 integró definitivamente el municipio en la provincia de Madrid dentro de la nueva organización administrativa liberal. A lo largo del siglo XIX, Arroyomolinos terminó dependiendo del partido judicial de Navalcarnero, vínculo que sustituyó a las antiguas dependencias señoriales y eclesiásticas heredadas de la Edad Moderna.
Hacia mediados del siglo XIX, Pascual Madoz describe un pequeño núcleo de unas 30 casas de construcción ordinaria, con ayuntamiento, cárcel, escuela de primeras letras, iglesia parroquial y el torreón situado a las afueras. La existencia de una fuente de buena agua habría contribuido a mejorar las condiciones sanitarias respecto al siglo anterior.
La agricultura continuaba siendo la base económica del municipio, con predominio del secano, algunas huertas junto al Guadarrama y el arroyo de los Combos, prados naturales y zonas arboladas. Las comunicaciones seguían siendo complicadas por el mal estado de los caminos, afectados por arroyos, torrenteras y barrancos.
En la segunda mitad del siglo se levantaron planos topográficos que permiten conocer la estructura del antiguo núcleo urbano. La calle de la Iglesia articulaba el pueblo de norte a sur, con la plaza de la Constitución como espacio principal, donde se situaban la Casa Consistorial, la cárcel y otros edificios públicos. Al sur se encontraba la iglesia parroquial, y cerca del núcleo se hallaban el cementerio y el torreón.
A finales del siglo XIX, Arroyomolinos seguía siendo un pueblo pobre y con pocos servicios. El torreón se encontraba semiarruinado y era utilizado como palomar por su propietario, el duque de Alba. La industria era casi inexistente, limitada a actividades domésticas y al último molino en funcionamiento, el Molino del Río, que abastecía sobre todo las necesidades locales.
Durante este siglo también debe tenerse en cuenta el contexto general de la desamortización, que transformó la propiedad de numerosos bienes eclesiásticos y comunales en toda España. En el caso concreto de Arroyomolinos, el cambio más visible no fue tanto la aparición de un nuevo patrimonio monumental como la lenta transición desde las antiguas estructuras señoriales hacia una sociedad rural todavía muy condicionada por la concentración de la tierra.
El Siglo XX comenzó con un crecimiento muy lento. En 1900 Arroyomolinos contaba con unos 150 habitantes, cifra que apenas varió en las décadas siguientes. La vida local seguía vinculada a la agricultura, la ganadería y algunos aprovechamientos tradicionales, en un municipio pequeño y apartado de los grandes procesos urbanos que ya transformaban otras zonas de Madrid.
La Guerra Civil supuso un duro golpe para la población. El vecindario, ya de por sí reducido, descendió de 167 habitantes en 1930 a 135 en 1940. La posguerra mantuvo una economía muy pobre, basada en el trabajo agrícola, con paro estacional y una fuerte dependencia de la estructura de la propiedad, todavía concentrada en grandes fincas.
En los años cuarenta y cincuenta se realizaron algunas mejoras, como la traída de agua al municipio, la creación de un coto forestal y la construcción de una nueva escuela. Este edificio, levantado junto a la carretera y cerca del ayuntamiento, respondía al estilo de posguerra, con muros encalados, ladrillo visto en esquinas y vanos, pórtico de acceso y cubierta de teja curva.
Durante estas décadas, Arroyomolinos seguía siendo un pueblo rural. En 1957 contaba con 185 habitantes y apenas unas decenas de edificaciones destinadas a vivienda, muchas de ellas con cuadras y pajares. La arquitectura doméstica tradicional era muy humilde, con casas de adobe encalado, cubiertas de teja, patios, portones y dependencias agrícolas. Apenas han sobrevivido algunos ejemplos que permiten recordar aquella imagen antigua del pueblo.
En 1960 la población alcanzó los 219 habitantes, pero las décadas siguientes fueron de estancamiento e incluso de retroceso. En 1975 se redujo a 189 habitantes, debido en parte a la emigración hacia Madrid y otros municipios más prósperos. El pueblo conservaba entonces un carácter muy rural, con una economía apoyada en la agricultura, la ganadería lanar y pequeñas actividades complementarias.
A partir de la segunda mitad de los años ochenta comenzó una transformación profunda. En 1986 Arroyomolinos tenía 290 habitantes, pero entre 1986 y 1991 multiplicó por cuatro su población, hasta alcanzar 1.236 vecinos. Su proximidad a Madrid, la buena relación entre precio y calidad de la vivienda y la demanda creciente de vivienda unifamiliar explican este cambio acelerado.
Durante los años noventa se desarrollaron nuevas urbanizaciones, se mejoraron los servicios de agua, electricidad, teléfono, pavimentación y transporte, y se construyeron nuevos equipamientos. La agricultura pasó a tener un papel residual, mientras los sectores servicios e industrial, aunque muchas veces desarrollados fuera del municipio, fueron ganando importancia en la vida de sus habitantes.
El crecimiento urbano también tuvo consecuencias sobre el paisaje y el patrimonio. La antigua iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción y la casa parroquial fueron demolidas con motivo de la construcción del área de centralidad, mientras que el torreón fue restaurado y pasó a convertirse en el principal símbolo histórico del municipio.
El Siglo XXI ha consolidado la gran transformación de Arroyomolinos. De antiguo pueblo rural, pequeño y con escasa población, ha pasado a convertirse en un municipio residencial de fuerte crecimiento, integrado en la dinámica metropolitana del sur de Madrid. Las Normas Subsidiarias aprobadas a comienzos de siglo preveían una expansión muy amplia del suelo urbano y residencial, así como nuevos equipamientos, zonas verdes, infraestructuras y áreas de actividad económica.
Uno de los hitos más visibles de esta nueva etapa fue la inauguración, en 2003, del complejo comercial y recreativo Madrid Xanadú, situado junto a la carretera de Extremadura y la M-413. Su parque de nieve cubierto, sus espacios comerciales, salas de cine y restaurantes reforzaron el papel de Arroyomolinos como municipio vinculado no solo a la residencia, sino también al ocio y al comercio supramunicipal.
El desarrollo reciente ha aportado nuevos servicios, colegios, instalaciones deportivas, centro de salud, áreas residenciales y mejores comunicaciones. Sin embargo, también ha supuesto una fuerte presión sobre el paisaje y una pérdida importante de la antigua imagen rural del pueblo. El crecimiento rápido, basado en grandes urbanizaciones y viviendas adosadas, ha cambiado por completo la escala y la percepción del antiguo núcleo.
En la actualidad, Arroyomolinos conserva algunos elementos que recuerdan su pasado histórico, entre ellos el torreón, las antiguas escuelas y ciertos rincones del casco urbano tradicional. Aunque buena parte de su fisonomía antigua ha quedado diluida por el crecimiento residencial contemporáneo, estos vestigios permiten comprender la evolución de un pequeño enclave molinero y agrícola que, en pocas décadas, se transformó en uno de los municipios de mayor expansión del suroeste madrileño.

Comenzamos nuestra visita a Arroyomolinos al conocido como El Torreón, Castillo de Gonzalo Chacón o Torre del Pan.
El Torreón de Arroyomolinos es el principal vestigio del antiguo castillo señorial levantado en la segunda mitad del Siglo XV, en un momento de fuertes tensiones políticas vinculadas a la Guerra de Sucesión Castellana. Su historia está relacionada con las disputas por el control de la villa entre Juan de Oviedo y Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios y personaje muy próximo a Isabel la Católica.
Aunque no se conoce con absoluta seguridad quién ordenó iniciar la construcción, parece probable que las obras comenzaran bajo el dominio de Juan de Oviedo y que fueran concluidas por Gonzalo Chacón tras hacerse con la posesión de Arroyomolinos. La fortaleza no solo tenía un valor defensivo, sino también simbólico, ya que expresaba el poder señorial sobre el territorio y sobre los molinos situados junto al arroyo de los Combos, cuya explotación fue motivo de interés y conflicto.
El castillo original estuvo formado por un recinto amurallado de planta cuadrangular, rodeado por un foso. En el centro se alzaba la Torre del Homenaje, única parte conservada en la actualidad. Esta torre, construida principalmente en ladrillo sobre una base de piedra, presenta planta cuadrada y esquinas redondeadas, un rasgo que le da una apariencia muy característica. Su estructura guarda semejanzas con otros torreones castellanos de finales de la Edad Media.
La torre cuenta con cinco plantas y está rematada por ocho garitones, distribuidos de dos en dos en cada esquina. En su interior se situaban las estancias vinculadas al uso señorial del edificio. La entrada original se abría en la fachada sur, aunque en época contemporánea se habilitó un nuevo acceso en la fachada norte.
El recinto defensivo disponía de una entrada protegida en el ángulo sureste, con un sistema de paso formado por dos vanos no alineados y un puente levadizo sobre el foso. A ambos lados del acceso se levantaban pequeñas torres con troneras, destinadas a controlar la entrada al castillo.
Dentro del recinto existieron también dependencias auxiliares adosadas a la fortaleza. En el lado oeste se encontraba una estancia rectangular que se interpreta como zona de caballerizas y almacén. Disponía de pesebres en el muro oriental, un pozo para el abastecimiento de agua y una pavimentación diferenciada, con cantos de cuarcita en una parte y adobes o ladrillos con argamasa en otra, lo que indica un uso combinado para animales y almacenamiento.
En el lado este se localizaba otra habitación rectangular, relacionada con labores de cocina y almacenaje. En ella se documentaron elementos vinculados al uso doméstico y agrícola del recinto, como un hogar, un pozo, un silo para grano y el acceso a una bodega subterránea. Esta estancia sufrió reformas en el Siglo XVI y, tras su abandono en el Siglo XVII, algunos accesos fueron tapiados con materiales reutilizados.
Durante el Siglo XVI se realizaron algunas reformas y ampliaciones funcionales, pero con el paso del tiempo la fortaleza perdió su utilidad original. En el Siglo XVII comenzó su abandono y parte de sus estructuras fueron desmanteladas, reutilizándose materiales y rellenándose el foso. Pese a ello, la Torre del Homenaje continuó en uso durante siglos como granero y palomar, llegando a albergar miles de nidos de palomas.
Aunque su aspecto exterior recuerda a una construcción militar, el torreón tuvo también una clara función residencial y señorial. El uso del ladrillo, más económico que la piedra, pudo contribuir paradójicamente a su conservación, al reducir el interés por expoliar sus materiales. Ya en época reciente, el edificio fue restaurado y pasó a formar parte de la Red de Yacimientos Visitables de la Comunidad de Madrid, consolidándose como el elemento patrimonial más representativo de Arroyomolinos.
Desde El Torreón caminamos por la Calle Serranillos para cruzar la M-413 y llegar la Calle Moraleja por la cual caminaremos hasta la Plaza de España y encontrarnos con el edificio de las antiguas escuelas.
Las antiguas escuelas de Arroyomolinos son un sencillo edificio de carácter público cuya construcción debió de producirse entre las décadas de 1940 y 1950, en una etapa en la que el municipio conservaba todavía una marcada escala rural. Su arquitectura responde a un modelo funcional, pensado para el uso educativo, pero con una cuidada composición exterior que combina muros enfoscados, ladrillo visto y zócalo de piedra.
El edificio presenta una sola planta, cubierta de teja curva a varias aguas y un pequeño pórtico de acceso formado por arcos de ladrillo. Este mismo material se utiliza también en las esquinas, en los recercados de los vanos y en algunos elementos decorativos de la fachada, creando un contraste con los paramentos claros. La base de piedra refuerza visualmente el conjunto y lo relaciona con la arquitectura tradicional de muchos pueblos madrileños.
Tras perder su función escolar original, el inmueble fue recuperado para nuevos usos. Según la Comunidad de Madrid, las antiguas escuelas se transformaron en base permanente de un proyecto destinado a organizar actividades de promoción del Parque Regional del Curso Medio del río Guadarrama y del conjunto de la región.
Actualmente, el edificio conserva un notable valor testimonial, ya que permite recordar el Arroyomolinos anterior al gran crecimiento residencial de las últimas décadas, cuando la vida del municipio giraba en torno a un núcleo mucho más pequeño, agrícola y de carácter rural.
En esta misma plaza, en la que también se encuentra el antiguo ayuntamiento, se encuentra una fuente con una construcción sencilla de carácter urbano, situada en una pequeña isleta circular que organiza visualmente este espacio público. Su diseño responde a un lenguaje sobrio y funcional, muy próximo al de muchas obras realizadas en pequeños municipios durante las décadas centrales del Siglo XX.
El conjunto está realizado en piedra y se compone de una base escalonada sobre la que se levanta un cuerpo central de planta prismática. Sobre él se dispone un fuste cilíndrico rematado por una pieza troncocónica, coronada a su vez por un elemento metálico de carácter ornamental. Esta combinación de piedra y hierro decorativo aporta verticalidad al conjunto y le da una imagen reconocible dentro de la plaza.
Por sus formas, materiales y sobriedad compositiva, la fuente puede relacionarse con el tipo de intervenciones urbanas realizadas en numerosos pueblos durante la posguerra, en el contexto de las actuaciones promovidas por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. Este organismo impulsó la reconstrucción y mejora de espacios públicos, edificios municipales, escuelas, iglesias, fuentes y otros elementos de uso cotidiano en muchas localidades españolas.
Aunque se trata de una obra modesta, conserva interés como testimonio de una etapa en la que la plaza y los servicios públicos formaban parte esencial de la vida diaria del antiguo Arroyomolinos. Su presencia ayuda a recordar la imagen del municipio antes de su gran transformación residencial contemporánea.

Fuentes: Folletos Comunidad de Madrid, WEB Ayuntamiento, COAM, ChatGPT y Paneles explicativos.
Foto original del nuevo ayuntamiento: Wikimedia Commons – Zarateman – CC0
