La fundación de este pueblo es de origen árabe. En un principio se llamó Pozuela, porque al carecer de agua, los árabes construyeron un pozo el cada casa, e igualmente construyeron muchas torres. Tiempo después al ser tomado por los cristianos, paso a llamarse Pozuela de las Torres, para que con la corrupción del vocabulario pasase a denominarse como ahora, es decir Pezuela de las Torres
Existe otra versión que el nombre de Pozuela, proviene de la cantidad de pozos que tenia, llamándose Pizola, Pesola, Peçuela, Pozuela y Pezuela, agregándose el termino de las Torres a mediados del siglo XVII, a petición del Conde de Pezuela.
Gentilicio : Pezueleros/as

Aunque no se conserven restos claros que permitan hablar de un poblamiento continuo desde la Prehistoria, el paisaje de Pezuela de las Torres —los páramos altos, las vaguadas que descienden hacia el Tajuña, los arroyos del Ancho, Valhondo o la Esperilla— encaja bien con esos espacios donde, desde muy antiguo, pastores y pequeños agricultores fueron dejando una huella discreta. Mucho antes de que existiera una villa organizada, el territorio formaba parte de esa frontera difusa de la Meseta en la que caminos, cañadas y cursos de agua abrían paso a asentamientos dispersos que prepararon el terreno para la repoblación medieval.
Durante los Siglos XI–XII, con la consolidación del reino cristiano en la zona, estas tierras se integraron en el Común de Villa y Tierra de Alcalá, bajo la poderosa tutela del arzobispo de Toledo. Pequeñas aldeas y explotaciones agrarias quedaban sometidas a las normas que el prelado fijó en sus fueros de 1223, dictados en Talamanca y Uceda, que regulaban la vida cotidiana, los impuestos, los delitos y los aprovechamientos comunales. Pezuela todavía no era más que un núcleo modesto dentro de ese amplio territorio complutense, pero sus vecinos empezaban ya a reconocerse como comunidad, participando en un sistema concejil que tomaba sus decisiones en nombre del “común”, gestionando de forma colectiva los montes, las dehesas y los caminos que luego seguirían las cañadas como la Galiana.
A lo largo del Siglo XIII, Pezuela continuó ligada a la órbita de Alcalá de Henares, dependiendo de su justicia y de su organización señorial. Los fueros del arzobispo ofrecían cierta seguridad jurídica en tiempos agitados, pero también implicaban desplazamientos largos y costosos cada vez que un vecino tenía que defender un pleito, resolver una herencia o responder ante la justicia. Mientras tanto, el caserío se consolidaba en torno a unos ejes viarios que, con el tiempo, acabarían siendo la calle Mayor y la calle de Sergio Caballero, mientras las tierras de labor —dedicadas a cereal de secano, viñedo y olivar— marcaban el ritmo del año, entre los inviernos fríos del páramo y los veranos secos.
Durante el Siglo XIV, en el tránsito al final de la Edad Media, Pezuela aparece ya citada como cabeza de un pequeño distrito rural: el Cuarto de Pezuela, que en 1495 agrupa a pueblos como Pezuela, Olmeda, Villar, Carpa y Orusco. Ser "cabeza de cuarto" significaba asumir un papel algo más relevante en la administración de la tierra, aunque la villa seguía dependiendo, en última instancia, de la jurisdicción complutense. Los hombres del lugar continuaban desplazándose a Alcalá para resolver causas civiles y criminales, un viaje que consumía tiempo y recursos y que, con los años, iría alimentando el deseo de emancipación.
En el Siglo XV, el núcleo de Pezuela fue afirmándose como comunidad agrícola estable, mientras la comarca se organizaba en torno a los cuartos y a los antiguos lazos con el arzobispado. El caserío, de construcción sencilla, se apiñaba alrededor de la iglesia y de los espacios de encuentro que más tarde cristalizarían en plazas y cruces de caminos. La economía seguía apoyándose en los cultivos de cereal y en el aprovechamiento de los montes, en un contexto de señorío eclesiástico y organización concejil en el que el pueblo se acostumbró a deliberar en común sobre los bienes comunales, las mojoneras y las veredas que daban acceso al Tajuña.
El Siglo XVI, marcó un giro decisivo: Pezuela consiguió eximirse de la jurisdicción de Alcalá y obtener el privilegio de villazgo, lo que significaba disponer de justicia propia y elevar su rango administrativo. Pero este paso vino acompañado de un cambio profundo: en el contexto de las ventas de villas promovidas por la Corona, Felipe II concertó la venta de Pezuela con Alonso Enríquez, vecino de Cuenca, por más de cinco millones de maravedíes. En el verano de 1579, el representante real llegó a la plaza "a campana tañida", reunió a los vecinos y, tras la lectura solemne de la provisión, los alcaldes entregaron las varas de justicia, que fueron alzadas en señal de toma de posesión. Se revisaron la taberna, las carnicerías, la posada y los pesos, dejando claro que la villa quedaba desde entonces bajo un señorío laico. Pezuela ganaba autonomía frente a Alcalá, pero entraba de lleno en la dinámica de las villas vendidas, sometida ahora a los intereses de su nuevo señor.
El Siglo XVII, estuvo marcado por las deudas municipales y por una nueva vuelta de tuerca en el régimen señorial. Agobiado por los censos y las cargas derivadas de la emancipación, el concejo se reunió en concejo abierto en 1641 y decidió ofrecer la propia villa —su señorío, vasallaje y rentas jurisdiccionales— al poderoso D. Bartolomé Spínola, comendador de la Oliva y hombre de confianza de la Corona. El acuerdo incluía que Spínola asumiría las deudas, pagaría al rey las alcabalas y devolvería buena parte de esos impuestos al concejo, reservándose ciertos derechos, además de obtener privilegios de enterramiento para su familia en la iglesia y la posibilidad de levantar tribuna y cripta junto al altar mayor. En agradecimiento, el concejo autorizó a que la villa se llamase Pezuela de las Torres, incorporando al nombre oficial una expresión que remarcaba su nueva condición señorial. Al final del siglo y comienzos del XVIII, la villa sufriría además los estragos de la Guerra de Sucesión: en 1706 las tropas austriacas incendiaron entre noventa y cien casas, destruyeron el archivo municipal, el beaterio, el hospital y parte de las dependencias ligadas al antiguo palacio condal, dejando una huella de ruina que tardaría décadas en cicatrizar.
El Siglo XVIII, comenzó bajo la sombra de aquella devastación. Todavía en 1722 se describían calles llenas de escombros y casas sin reparar, aunque poco a poco los vecinos fueron reconstruyendo sus viviendas y el empedrado, manteniendo el trazado irregular del casco, articulado en torno a la iglesia de la Asunción. En 1703 se produjo una nueva venta de la villa, esta vez para hacer frente a las deudas acumuladas por el linaje de los condes de Pezuela, y a mediados de siglo el Catastro de Ensenada (1752) mostraba una comunidad rural estable, con unos 180 vecinos, donde la economía descansaba en el trigo, la cebada, el centeno, la avena, las legumbres, el vino y el aceite. El señorío pertenecía entonces a Ventura Ballesteros de Rozas, que conservaba las penas de cámara y sangre, las escribanías y el derecho de elegir alcaldes y otras justicias. Llama la atención que, junto a la agricultura, el catastro subraye una actividad singular: más de setenta vecinos se dedicaban a portar carbón con mulas hasta Alcalá y otros destinos, anunciando una especialización complementaria que aprovecharía los montes y el paisaje de encinas del entorno.
En el Siglo XIX, Pezuela de las Torres vivió la mezcla de continuidad rural y grandes cambios estructurales que caracterizan a muchas localidades castellanas. Desde el punto de vista político-administrativo, la reforma territorial de Javier de Burgos de 1833 integró definitivamente la villa en la provincia de Madrid, y dentro de ella quedó adscrita al Partido Judicial de Alcalá de Henares, manteniendo así su histórica vinculación con la ciudad complutense. Casi al mismo tiempo, las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz alteraron profundamente el mapa de la propiedad: la fragua, la carnicería, la almazara, el molino y la posada del pueblo salieron a subasta, así como las ermitas de Santa Ana, San Antón y la Soledad, además del granero pontifical. Algunas de estas ventas fueron recurridas por el cura y el Ayuntamiento, que lograron recuperar al menos las ermitas de Santa Ana y la Soledad, muy ligadas a la vida religiosa y funeraria de la comunidad. En 1861 el molino de Pezuela fue adquirido por Mariano Bachiller, que también compró la posada de la calle de la Harina, un ejemplo de cómo las antiguas propiedades concejiles y eclesiásticas pasaban a manos de particulares. A finales de siglo, el plano urbano de 1892 revela un caserío prácticamente igual al descrito en 1824, con pequeñas manzanas irregulares, la calle Mayor y la de Santa Ana como ejes principales y una sensación de cierto estancamiento urbanístico, pese a la población relativamente estable que reflejan los censos.
El Siglo XX, trajo consigo nuevas intervenciones sobre el patrimonio y tímidas transformaciones en la fisonomía del pueblo. La iglesia parroquia de la Asunción —auténtico hito del perfil de Pezuela— fue objeto de diversas obras de reparación y restauración a lo largo del siglo, con expedientes abiertos ya desde 1903, y más tarde en la década de 1950 y en los años setenta, hasta llegar a su declaración como Bien de Interés Cultural en 1983, que reforzó su valor como símbolo del lugar. Las antiguas ermitas, el pósito y otros edificios ligados a la vida concejil se adaptaron a nuevos usos o fueron objeto de rehabilitación, como el antiguo granero pontifical. La mirada de estudiosos como Sergio Caballero, que en 1932 subrayaba las buenas condiciones climáticas y la cercanía a Madrid, empezó a apuntar a un futuro turístico, mientras el casco histórico mantenía buena parte de su arquitectura tradicional en calles como Mayor, Sergio Caballero o Santa Ana, con viviendas de patios traseros y portales profundos.
Ya en el siglo XXI, Pezuela de las Torres ha orientado parte de sus esfuerzos a la recuperación y puesta en valor de su patrimonio urbano y rural. La remodelación de la plaza de la Picota en 2001, con la reconstrucción del rollo jurisdiccional derribado durante la Guerra Civil, devolvió a este espacio su carácter de lugar de encuentro y memoria, organizando el pavimento y el mobiliario alrededor de la nueva picota como eje simbólico. La protección del casco histórico y de la arquitectura residencial tradicional se ha reforzado a través de las Normas Subsidiarias, mientras que elementos como los molinos del Tajuña, las fuentes y lavadero, la antigua posada o las ermitas forman parte ya del catálogo de conjuntos y elementos singulares del municipio. Entre las nuevas ampliaciones del cementerio, la construcción de la ermita de la Virgen de los Caminos y los proyectos recientes de restauración de la torre de la iglesia, Pezuela sigue ajustando su perfil entre el recuerdo de un pasado agrario y la voluntad de conservar sus rincones más característicos para quienes hoy se acercan a descubrirla.

La ruta de la pequeña visita al pueblo que propongo, seguramente no será la más idónea para hacer, pero es la realizada por mi y particularmente me dejo satisfecho.
Comienzo como siempre en la plaza mayor, que en esta ocasión se denomina Plaza de la Constitución, después de dejar el coche aparcado en un pequeño parking público en una de las calles aledañas. En la mencionada plaza, aparte del moderno edificio que alberga al Ayuntamiento, nos encontraremos en una de las esquinas con la Iglesia Parroquial de la Asunción de Nuestra Señora, con su potente torre que fue durante siglos el hito principal del perfil del pueblo, hasta que en la década de 1960 el depósito elevado del Canal de Isabel II alteró esa silueta histórica.
Del exterior sobresale el elemento más antiguo y significativo como es el ábside semicircular, orientado al este según la tradición medieval. Su fábrica exterior, de mampostería con hiladas de ladrillo y remate de friso de esquinillas, responde a un románico de transición con influencias segovianas y alcarreñas. Las tres ventanas —descubiertas en la restauración de 1978— presentan arco de medio punto, columnillas con capiteles de hojas estilizadas y decoración de losange y puntas de diamante en el intradós. Las excavaciones arqueológicas confirmaron que el ábside es anterior al resto del templo y lo sitúan en los siglos XI-XII, en los primeros momentos de repoblación.
La torre-campanario, adosada al muro norte del presbiterio, ha sido considerada por algunos autores como posible atalaya anterior, aunque no existen pruebas arqueológicas concluyentes. Su tipología y disposición interior —con machón central y escalera cubierta mediante aproximación de hiladas— la vinculan al mudéjar toledano. El cuerpo inferior conserva la fábrica original de mampostería con verdugadas de ladrillo, mientras que el superior fue reconstruido tras el grave derrumbe de 1903, que obligó incluso al traslado provisional del culto a la ermita de la Soledad.
La entrada más utilizada es la portada sur, protegida por un elegante pórtico levantado hacia 1536 por los canteros Hernando y Alonso de la Sierra, siguiendo trazas de Cristóbal de Miranda. Se trata de una de las piezas más valiosas del templo: portada plateresca de arco de medio punto enmarcado por alfiz, decorada “a candelieri”, con medallones de San Pedro y San Pablo sostenidos por grupos de putti.
El pórtico se compone de ocho columnas de fuste liso y capiteles de inspiración corintia, embutidas en un antepecho de sillería que forma banco corrido. La cubierta de madera a un agua, apoyada en zapatas castellanas, es un ejemplo característico de la arquitectura tradicional de la Alcarria. Ante él se sitúa un pequeño jardín con el antiguo aljibe de la iglesia (1550-1560), cubierto con bóveda de medio cañón.
La portada occidental, abierta a la calle Mayor, fue construida en 1748 por José de Alarcón Castañeda y reformada en 1780. De composición sobria, se organiza mediante pilastras que sostienen un dintel arquitrabado rematado con bolas y ventana de coro. Aunque hoy se usa menos por quedar expuesta a la intemperie, constituye la imagen más reconocible del acceso principal desde el núcleo urbano.
El interior —de tres naves separadas por arcos de medio punto— fue profundamente transformado en el siglo XVIII, cuando se sustituyeron las antiguas techumbres de madera por bóvedas de yeso (1727). La sacristía, ampliada en el siglo XVII, y otros añadidos posteriores completaron la configuración actual.
Durante la Guerra Civil el edificio sufrió daños y pérdida de patrimonio mueble. En 1956 se acometieron obras de consolidación tras el hundimiento parcial de muros y cubiertas. La restauración más importante tuvo lugar en 1978, cuando se eliminaron añadidos, se recuperó la fábrica original de ladrillo en varios pilares y se descubrieron las ventanas románicas del ábside. Las excavaciones arqueológicas realizadas entonces documentaron antiguos enterramientos bajo el pavimento y confirmaron la mayor antigüedad del ábside respecto al resto del conjunto.
En 1994 se llevó a cabo una intervención específica en la torre para consolidar su estructura y sanear los paramentos.
En conjunto, la iglesia de la Asunción es un edificio complejo, fruto de sucesivas etapas constructivas que abarcan desde el románico de los siglos XI-XII hasta reformas barrocas y restauraciones contemporáneas. El ábside medieval, el pórtico plateresco y la torre mudéjar constituyen sus elementos más destacados y los que mejor explican la evolución histórica y arquitectónica de Pezuela de las Torres.
En el siglo XVI, el cura Alonso Hernández de Tendilla, antiguo camarero del cardenal Cisneros, mandó construir y donar una casa destinada a residencia del sacerdote de la villa. Esta primera Casa del Curato se situaba junto al patio de la iglesia parroquial.
Durante la Guerra de Sucesión, en 1706, el edificio fue destruido por tropas partidarias del Archiduque Carlos. Al año siguiente, en 1707, el vecino D. Pedro Sánchez Fraile promovió la construcción de una nueva vivienda para los curas, levantada en un solar situado prácticamente enfrente de la primitiva.
La lápida conservada sobre el dintel de esta segunda casa, recuerda que se hizo “para que la more el señor cura que fuese de esta villa”, imponiendo además la carga de celebrar tres misas cantadas.
La antigua casa del siglo XVI, adosada al patio de la iglesia, ha sido profundamente transformada, aunque conserva todavía algunas de sus primitivas rejas.
La proximidad entre ambas edificaciones puede inducir a confusión si no se distingue claramente cuál fue la casa original y cuál la edificada tras la Guerra de Sucesión, y en la actualidad totalmente reedificada sobre el propio solar.
A pocos metros de la antigua Casa del Curato, en la calle Mayor, se abre una pequeña plazoleta en cuyo centro se alza la picota o rollo jurisdiccional.
Su origen se remonta a 1554, cuando el concejo de Pezuela reunió la importante suma de un millón y medio de maravedíes para obtener del rey Carlos I el privilegio de jurisdicción propia. Con esta concesión, la localidad dejaba de depender judicialmente de otra villa o señorío y pasaba a administrar justicia por sí misma, adquiriendo la condición de Villa.
Como símbolo visible de ese nuevo estatus se levantó la picota o rollo jurisdiccional, monumento que proclamaba públicamente la autonomía judicial del lugar. Estas estructuras solían erigirse en espacios abiertos y representativos, generalmente plazas, donde su presencia advertía a vecinos y forasteros de que la villa contaba con alcalde y juez propios.
La picota de Pezuela se alza sobre una basa escalonada y presenta un fuste cilíndrico rematado por un capitel con cuatro salientes decorados con cabezas de león. Con más de siete metros de altura, constituye uno de los ejemplos más destacados conservados en la Comunidad de Madrid. Su función fue esencialmente simbólica: representaba la potestad de impartir justicia, más que servir como instrumento habitual de castigo.
Restaurada en 2002 por el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, continúa hoy presidiendo la plaza como testimonio del momento en que Pezuela alcanzó su plena jurisdicción.
Dejamos atrás la Plaza de la Picota para dirigirnos a la parte trasera de la Iglesia, donde se encuentra la Plaza del Regimiento Dragones de Pezuela, un espacio que combina memoria histórica y elementos tradicionales del pasado agrícola de la villa.
Su nombre recuerda al regimiento creado en 1709 por el Conde de Pezuela y Marqués de Mina, Don Jaime de Guzmán y Spínola. Esta unidad militar, que combatió en tierras italianas, destacó en la batalla de Madonna del Olmo, en el Reino de Saboya, actuación que le valió el sobrenombre de “Dragones de la Muerte”.
Una placa incrustada en la pared rememora aquel episodio histórico y simboliza el hermanamiento existente entre la Villa de Pezuela de las Torres y el Ejército Español.
En el centro de la plaza se conservan además diversos elementos etnográficos —un antiguo carro de bueyes, una muela de molino y una aventadora— que evocan la economía tradicional del municipio, vinculada durante siglos al cultivo y transformación del cereal. Estos objetos han sido donados por diferentes vecinos de la localidad.
El antiguo carro de bueyes recuerda los tiempos en que el transporte agrícola dependía de la fuerza animal, mientras que la muela de molino y la aventadora evocan las labores tradicionales vinculadas al cereal, cultivo que marcó durante siglos la economía local. Los paneles explicativos instalados junto a cada pieza permiten comprender con mayor detalle su funcionamiento y uso.
Desde esta última plaza caminaremos por la Calle de la Carnicería hasta llegar a la Plaza de Antonio Ocaña, donde giraremos a la izquierda para, a los pocos metros, tomar la Calle de Sergio Caballero. De nuevo torceremos a la izquierda hasta alcanzar el número 18, donde se encuentra la Antigua Posada.
El edificio de la Antigua Posada, construcción del siglo XVIII vinculada al tránsito de arrieros y comerciantes que recorrían esta zona de la Alcarria.
En épocas en las que el transporte dependía de animales de carga y largos desplazamientos por caminos polvorientos, las posadas constituían lugares indispensables de descanso y aprovisionamiento. Aquí los viajeros encontraban alojamiento, comida y espacio para resguardar sus caballerías durante la noche, antes de continuar su camino.
El edificio, de fábrica tradicional con mampostería y ladrillo, conserva amplios vanos y un gran portón que recuerda su antigua función vinculada al trasiego de personas y mercancías.
Cedida por D. Gabriel Catalán al municipio, la antigua posada fue restaurada para convertirse en Centro Socio-Cultural de la Villa, manteniendo las características propias de la arquitectura castellana del siglo XVIII.
Dejamos atrás la Antigua Posada para continuar subiendo por la Calle de Sergio Caballero, hasta llegar a su prolongación, denominada ahora Calle de Santa Ana, para encontrarnos en la esquina de esta última con la Calle Mayor con el llamado Granero del Pontifical.
Se trata de una construcción de una única planta, con muros de mampostería que se apoyan sobre un grueso zócalo, igualmente de mampostería, con sillería en las esquinas y cerco de los vanos. Fue levantado por la Iglesia en 1789 con el objeto de almacenar, según la normativa eclesiástica entonces vigente, los diezmos y primicias recogidos. El grueso zócalo mencionado tenía la misión de preservar el grano y otras materias de la humedad del suelo y de los roedores.
Su existencia como granero duró hasta la desamortización de Mendizábal. En la actualidad se trata de una vivienda particular.
Continuamos por la Calle de Santa Ana hasta llegar al cruce de la M-225, donde se ubica la Ermita de Santa Ana, fundada en 1571 por Sebastián Sánchez, según consta en la licencia para su construcción otorgada por el Arzobispo de Toledo, imponiendo la condición de que se destinasen las rentas necesarias para repararla siempre que fuese preciso. En un principio tuvo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción, aunque ya en 1717, durante una visita eclesiástica, aparece dedicada a Santa Ana.
Se trata de una pequeña construcción de planta cuadrada y muros encalados, casi respondiendo al tipo de humilladero. En el recinto que la rodea puede verse una cruz de piedra asentada sobre un pedestal, en el que se distingue la inscripción “AÑO DE 1808”, aunque el resto del texto se encuentra muy erosionado. La fecha coincide con el inicio de la Guerra de la Independencia, circunstancia que invita a pensar en un posible carácter devocional o conmemorativo, si bien hoy resulta difícil precisar su significado exacto.
Desde la Ermita de Santa Ana tomamos la carretera de tierra que sale a la izquierda de la misma, conocida como Camino de las Cruces, para, tras recorrer aproximadamente un kilómetro, encontrarnos a nuestra izquierda con la Fuente de Valmores.
Esta fuente debe su nombre al despoblado del mismo nombre, hoy perteneciente al municipio de Olmeda de las Fuentes. Se trata de una construcción realizada en mampostería, con piedras de gran tamaño apenas trabajadas y un pilón rectangular cuya longitud ocupa todo el frontal, igualmente construido en mampostería, del que emerge a la derecha el único caño que alimenta la fuente. A pocos metros existe un pequeño conjunto de mesas y bancos de madera, por si se desea descansar un poco tras la caminata.
El acceso hasta la fuente puede realizarse andando, en coche, moto o bicicleta, toda vez que, aunque la pista es de tierra, se encuentra excelentemente prensada, si bien presenta pequeños socavones que, en época de lluvia, pueden verse llenos de agua.
Con la visita a la Fuente de Valmores damos por concluido este primer recorrido a pie por Pezuela. Para continuar con otros elementos de interés situados ya fuera del núcleo inmediato, será necesario utilizar el vehículo.
Después de visitar la Fuente de Valmores y, como se comentó anteriormente, nos dirigimos al coche con el fin de visitar los tres últimos rincones de Pezuela, algo retirados del centro urbano.
El primero de ellos es la Ermita de la Soledad o de la Vera Cruz, situada en el Camino del Cementerio nº 10. Se cree que en este mismo lugar el matrimonio constituido por Ana Hernández y Juan Hernández levantó en 1580 una pequeña ermita dedicada a Nuestra Señora del Socorro, en el camino hacia la Fuente Grande, con la voluntad de vincularla al Cabildo del Rosario, aunque posteriormente su cuidado y mantenimiento recayeron en la cofradía de la Vera Cruz.
Dadas las reducidas dimensiones de la primitiva ermita, estas impedían a la citada cofradía guardar los pasos que sacaban en procesión el Jueves Santo, por lo que se procedió a su derribo y al levantamiento de una nueva de mayores proporciones. Este hecho fue posible gracias a una persona devota que en 1595 dejó en su testamento 1.500 maravedíes al cabildo de la Vera Cruz como ayuda para la construcción de la nueva ermita, consagrándose esta en 1623. No obstante, en 1735 se encontraba en estado de ruina, siendo nuevamente reedificada en 1741 gracias a las donaciones de algunos vecinos.
La construcción presenta planta rectangular, muros de mampostería con sillares de refuerzo en las esquinas y cubierta a cuatro aguas. El acceso se efectúa mediante una portada con arco de medio punto que, en fotografías antiguas que he podido consultar, se encontraba cubierta por un pequeño atrio, desaparecido en la actualidad. Adyacente a la ermita se levanta una capilla funeraria privada dedicada a Santa Bárbara.
La siguiente visita es a la Fuente de Abajo o de los Cinco Caños. Para esta visita tenemos dos opciones: dejar el coche aparcado en torno a la ermita mencionada o descender con él hasta la fuente. La distancia entre ambos lugares es de apenas 300 metros; sin embargo, existe una pequeña pendiente, no muy pronunciada, que ocupa la totalidad del recorrido.
El conjunto de la fuente, situado junto a la antigua almazara —en la actualidad muy reformada—, se compone de tres elementos. El primero es la propia fuente, con frente de sillería del cual emergen los cinco caños, cuya agua se deposita en un pequeño pilón destinado al consumo.
Desde este primer pilón, mediante un canalillo, el agua pasa a otro de planta rectangular, perpendicular al anterior, que serviría como abrevadero para el ganado.
El tercer elemento, igualmente perpendicular a los anteriores y comunicado con el segundo por otro canalillo de conducción, constituye el antiguo lavadero, de dimensiones mayores que los precedentes y que, según algunas fuentes, pudo haber estado cubierto.
El conjunto constituye, sin duda, uno de los rincones más completos y mejor conservados de cuantos he visitado hasta ahora en los distintos pueblos de la Comunidad de Madrid. La única dificultad en mi visita fue el barrizal existente junto al lavadero, que impedía obtener una fotografía frontal del mismo; no obstante, ello no resta valor al conjunto ni a la cuidada conservación que presenta.
Para finalizar la visita a Pezuela de las Torres, necesitaremos el medio de locomoción privado que hayamos empleado para llegar a esta localidad, ya que la distancia es de aproximadamente cuatro kilómetros, casi en la linde con la Comunidad de Castilla-La Mancha.
Para llegar a la misma bajaremos por la M-225, bastante sinuosa, hasta alcanzar el cruce con la carretera CM-2004, donde giraremos a la derecha. Continuamos por ella hasta la CM-2028. En este punto daremos la vuelta para retroceder por la CM-2004, por la que hemos venido. Esto que describo no es una contradicción, sino que el acceso al camino que conduce a la ermita exige realizar un giro muy pronunciado a la izquierda, con el consiguiente peligro de colisión con cualquier otro vehículo.
Una vez situados al inicio de la pista de tierra que nos lleva a la ermita, se puede dejar el vehículo allí mismo y caminar los 200 metros que nos separan de ella, o continuar conduciendo hasta sus pies, pasando junto al antiguo Molino de San Benito, en la actualidad bastante reformado y de propiedad privada.
Una vez ante la ermita, no sabes si te encuentras ante un templo o una construcción agrícola, salvo por la pequeñísima cruz existente en la cubierta. Se trata de un edificio de planta rectangular, levantado en mampostería revocada con yeso blanco y cubierto a cuatro aguas, sin ábside ni espadaña.
Su construcción podría situarse a finales del siglo XIV, ampliándose posteriormente para dar cabida a la cantidad de fieles que acudían en procesión cada 14 de septiembre. La devoción hacia el santo se intensificó tras sufrir el pueblo una epidemia de peste y una plaga de langosta a mediados del siglo XV. Fue entonces cuando los vecinos, desesperados, votaron la creación de un cabildo en honor de San Benito, al que honraban cada 11 de julio, acordándose además que fuese el concejo el responsable de su cuidado y mantenimiento.
Coordenadas: 40º24'41"N 3º08'26"W
40.411389, -3.140556
Con esta visita nos despedimos de Pezuela de las Torres, dejando sin recorrer las bodegas del Cerro del Calvario, las caleras donde se fabricaban la cal y el yeso, diseminadas por los montes contiguos, así como las cabañas de piedra construidas por los pastores para su refugio.

Fuentes: Folletos Comunidad de Madrid, WEB Ayuntamiento,COAM, ChatGPT y Paneles explicativos
