El topónimo Santorcaz se ha relacionado tradicionalmente con San Torcuato, uno de los Siete Varones Apostólicos que, según la tradición cristiana, evangelizaron la Hispania romana. Se considera probable que el nombre primitivo fuese “San Torcuato”, evolucionando con el paso de los siglos en el habla popular hacia formas intermedias como “Santorcuato” hasta fijarse finalmente como “Santorcaz”. No obstante, la documentación medieval conservada no permite afirmarlo con absoluta certeza, por lo que debe entenderse como una interpretación toponímica generalmente aceptada, más que como un dato plenamente demostrado.
Gentilicio : Torcatos/as

Mucho antes de que existiera el actual núcleo urbano, la vida se concentró en el cerro del Llano de la Horca, uno de los yacimientos carpetanos más importantes de la Comunidad de Madrid. Entre los siglos IV y II a. C., este poblado dominaba la fértil vega del arroyo Anchuelo. No parece que fuese una fortaleza estratégica en sentido estricto, sino más bien un asentamiento agrícola con actividad comercial e incluso metalúrgica.
El abandono debió de producirse de forma paulatina, probablemente atraídos sus habitantes por la pujanza de Complutum. Tras ese desplazamiento, el territorio quedó en una especie de silencio histórico: no se han documentado restos visigodos en Santorcaz, aunque sí en localidades cercanas.
Con la llegada musulmana en el Siglo VIII, el paisaje vuelve a adquirir protagonismo defensivo. En la Cuesta de la Torrecilla se levantó una atalaya de época califal (siglos IX-X), integrada en la red de vigilancia de la Marca Media. Aquel cerro, con foso excavado en la roca, sugiere una construcción de mayor entidad que una simple torre aislada.
En el Siglo XI, tras la conquista de Toledo por Alfonso VI en 1085, el territorio entra definitivamente en la órbita cristiana. Es en este contexto cuando comienza a configurarse el embrión del actual pueblo, vinculado a la reorganización del espacio tras la frontera.
A lo largo del Siglo XII, Santorcaz queda integrado en la Tierra de Alcalá. En 1129, Alfonso VII dona el castillo de Alcalá y sus términos al arzobispo de Toledo. Poco después, en 1135, se otorga el fuero “viejo” de Toledo a la comarca, marco jurídico que regirá la vida de las aldeas durante generaciones. Desde entonces, el pueblo crecerá bajo jurisdicción arzobispal.
Durante el Siglo XIII, se consolidan los privilegios locales. Se confirma la celebración de mercado, la exención de ciertos tributos y la autonomía judicial en asuntos menores. Santorcaz comienza a diferenciarse dentro del común de la Tierra de Alcalá.
En 1279 se concede el importante privilegio de aprovechamiento de los montes de Guadalajara, derecho que dará lugar a numerosos pleitos en los siglos siguientes. Es también en esta centuria cuando la tradición vincula definitivamente el nombre del pueblo a San Torcuato, mencionándose ya en 1210 como Sanctum Torquatum.
Durante el Siglo XIV, los conflictos legales por el uso de montes y pastos marcan buena parte de la historia local. Las sentencias reales oscilan entre confirmaciones y suspensiones, reflejando la importancia económica de aquellos aprovechamientos.
El convulso Siglo XV castellano afecta directamente a Santorcaz. En 1446 el castillo es ocupado por fuerzas navarras durante la invasión de Juan de Navarra. Décadas después, en el marco de la guerra de sucesión entre Isabel y Juana la Beltraneja, las fortalezas de la diócesis toledana, entre ellas la de Santorcaz, quedan bajo especial control de los Reyes Católicos.
En 1486 la villa obtiene el privilegio de villazgo, adelantándose a muchas localidades de su entorno. Poco antes, en 1484, se aprueban ordenanzas municipales que regulan la vida económica y agrícola del pueblo.
Ya en el Siglo XVI, Santorcaz afronta conflictos bélicos como la Guerra de las Comunidades y, sobre todo, duras crisis sanitarias. Las epidemias reducen drásticamente la población en varias ocasiones.
Las Relaciones Topográficas de 1576 describen un pueblo esencialmente agrícola, centrado en viñedos, olivares y cereal. La fortaleza pierde su función residencial y pasa a utilizarse como cárcel. Entre sus prisioneros más célebres estuvo la princesa de Éboli.El crecimiento urbano supera el antiguo recinto amurallado y el pueblo se organiza en barrios o cuadrillas.
A lo largo del Siglo XVII, se mantiene el carácter rural y devocional de la villa. Las festividades religiosas marcan el calendario anual, y la plaza principal se convierte en espacio para celebraciones y festejos taurinos. Varias ermitas sufren deterioro progresivo, reflejo de las limitaciones económicas del municipio.
Con la Guerra de Sucesión, a comienzos del siglo XVIII, Santorcaz sufre requisiciones, tránsito de tropas y una fuerte caída demográfica. A ello se suman plagas y malas cosechas. El Catastro de Ensenada (1753) muestra una población estancada, con numerosas casas arruinadas. Aunque surgen oficios artesanales, la economía continúa dependiendo casi exclusivamente de la agricultura. En 1786 el Interrogatorio del cardenal Lorenzana confirma esa estabilidad precaria basada en vino, aceite y cereal.
Las primeras décadas del Siglo XIX suponen un cambio profundo. En 1812 las Cortes de Cádiz abolieron los señoríos jurisdiccionales, poniendo fin al control directo de la mitra toledana sobre la vida municipal. Además, la Guerra de la Independencia dejó huellas en el pueblo, con presencia de tropas francesas y expolios documentados. En 1817 se inaugura el Camino Real de La Isabela, que atraviesa el término municipal y favorece el tránsito de viajeros.
Tras la reforma territorial de Javier de Burgos en 1833, Santorcaz queda integrado en la provincia de Madrid y en el partido judicial de Alcalá de Henares. La desamortización, iniciada en 1837, afecta especialmente al hospital del Amparo, que acabará en ruina. También en este siglo se consolida el cementerio municipal en su ubicación actual.
En los primeros años del Siglo XX destaca la figura de Carmen González, benefactora local que funda el Hospital del Carmen (1909) y dona el edificio de las escuelas (1917). Durante la Guerra Civil, aunque el frente no se estableció directamente en el municipio, se produjeron incautaciones y destrucción de bienes religiosos.
En 1952 se construye el nuevo Ayuntamiento. Sin embargo, el impulso decisivo para el crecimiento contemporáneo llega en 1971 con el rodaje de la serie televisiva Crónicas de un Pueblo, que da notoriedad nacional a Santorcaz. Desde la década de 1970 se desarrollan urbanizaciones, equipamientos escolares, deportivos y nuevas normativas urbanísticas.
En los primeros años del siglo XXI se acometen importantes intervenciones urbanísticas, como la remodelación de la plaza de la Constitución y la creación de la plaza de Juan Carlos I, buscando recuperar espacios públicos para el peatón. Al mismo tiempo, aumenta la conciencia sobre la protección del patrimonio histórico y arqueológico, especialmente del Llano de la Horca. Santorcaz entra en el siglo XXI como un municipio que, sin perder su carácter rural, ha sabido integrar su legado histórico con nuevas dinámicas residenciales.

Comenzamos nuestra visita a Santorcaz en la Plaza de la Constitución, donde se encuentran curiosamente dos edificios denominados Ayuntamiento, uno de más reciente construcción y otro que, en teoría, pudiera tratarse del antiguo.
Sin embargo lo que más destaca dentro de este espacio, es la fuente ubicada en un extremo de la plaza. Se trata de una construcción datada a principios del siglo XX. Se encuentra levantada en mampostería careada, con sillería en los remates y poyos. Presenta un frente central rematado en curva, del que emergen dos caños que depositan sus aguas en un pequeño pilón. La parte trasera presenta un pilón que ocupa toda la longitud de la fuente, que se encuentra dividido a su vez en otros tres pilones, los laterales de igual tamaño, que en la actualidad se emplean como maceteros. El central de menor tamaño que los anteriores, presenta en su frente dos orificios comunicados con el pilón de la parte delantera.
Desde la plaza empezamos a caminar por la Calle de María Sánchez Fernández, que comienza en la esquina donde se sitúa el antiguo ayuntamiento, de todas formas se encuentra un cartel indicativo para llegar hasta la iglesia y el castillo.
Según avanzas por la pequeña pendiente de la mencionada calle, vas viendo más cerca el bonito ábside y parte de las murallas. Ya al final de la calle, pegada a las murallas y a nuestra derecha, se puede ver la Plaza de Toros, totalmente construida de piedra e inaugurada en septiembre de 1993. Unos metros adelante se encuentra la Puerta del castillo que comunica la calle mencionada con la Plaza de San Torcuato.
Continuamos andando dejando a nuestra derecha las murallas del castillo de Torremocha, que fue una fortaleza señorial vinculada al arzobispado de Toledo. Su estructura respondía al modelo de castillos administrativos de la mitra toledana: no solo cumplía funciones defensivas, sino que integraba la residencia del señor —el arzobispo— y dependencias destinadas a la gestión del señorío, como almacenes de diezmos, espacios administrativos e incluso la iglesia parroquial.
Levantado sobre un punto estratégico, dominaba visualmente el entorno y el cercano yacimiento carpetano del Llano de la Horca. Bajo el actual mirador se sitúan los restos del antiguo palacio arzobispal, hoy colmatados por los derrumbes. A los pies del recinto se conserva parte de la segunda puerta de la muralla, protegida por torretas de flanqueo, que daba acceso directo al área residencial.
En el siglo XIV, bajo el arzobispo Pedro Tenorio, la primitiva torre del homenaje fue transformada en un auténtico palacio, ampliando sus estancias y reforzando su carácter representativo. Esta reforma refleja el auge económico y político de la corte arzobispal. Sin embargo, desde finales del siglo XV el edificio comenzó a utilizarse también como cárcel para clérigos y nobles. Entre sus prisioneros más conocidos estuvieron el cardenal Cisneros, antes de su ascenso en la corte, y la Princesa de Éboli.
A mediados del siglo XIX el conjunto aún se mantenía en pie, aunque en estado precario. Probablemente entonces comenzó a popularizarse el nombre de “Torremocha”. Parte de su riqueza artística se dispersó: el artesonado mudéjar del salón principal fue trasladado al Palacio Laredo de Alcalá de Henares.
Del recinto amurallado se conserva buena parte del trazado y hasta ocho torres de diversa tipología: cuadradas, cilíndricas, una pentagonal y una torre albarrana —exenta y unida al adarve mediante un puente hoy desaparecido—. En la actualidad son perfectamente visibles la torre del olivo y la poligonal de la foto principal.
La variedad de técnicas constructivas evidencia las distintas fases de reforma que experimentó la fortificación a lo largo de los siglos. En conjunto, el Castillo de Torremocha constituye uno de los ejemplos más significativos de arquitectura señorial medieval en el entorno de Alcalá, donde defensa, residencia y administración formaban una misma realidad arquitectónica.
Fuente de la Plaza se San Torcuato. Se trata de una fuente exenta organizada en torno a una pila circular ligeramente elevada, construida en mampostería irregular trabada con mortero. La parte superior de la pila está rematada por un anillo de piedra mejor escuadrada, que define con claridad el perímetro y protege el borde del desgaste continuo del agua. En el centro se alza un cuerpo troncocónico macizo, también de mampostería, que actúa como soporte estructural y eje compositivo del conjunto. De este cuerpo emerge un sencillo caño metálico, sin ornamentación, que refuerza el carácter práctico del elemento.
El remate superior, formado por una pieza prismática de piedra de perfil piramidal, aporta verticalidad y equilibrio visual. No se observan escudos, inscripciones ni elementos decorativos que permitan atribuirle una función representativa o conmemorativa, lo que sugiere que su finalidad fue eminentemente utilitaria.
Desde el punto de vista constructivo, la combinación de mampostería rústica y piezas pétreas más trabajadas remite a soluciones tradicionales empleadas en ámbitos rurales. Sin embargo, la ausencia de rasgos estilísticos definidos y la regularidad de su ejecución hacen pensar que podría tratarse de una obra rehecha o levantada en época contemporánea, posiblemente durante el siglo XX, siguiendo modelos tradicionales para armonizar con el entorno histórico.
Iglesia Parroquial de San Torcuato, situada en un lateral de la plaza del mismo nombre, es uno de los ejemplos más interesantes de arquitectura mudéjar en la Comunidad de Madrid. Aunque durante mucho tiempo se ha considerado un edificio bajomedieval, los estudios más recientes —especialmente el análisis de paramentos realizado por Rosa Cardero— permiten situar su primera fábrica en la segunda mitad del siglo XIII.
El templo se levanta en la parte más elevada del cerro, integrado dentro del recinto fortificado del castillo de Torremocha, hasta el punto de que su cabecera se adosa a la muralla. Esta relación entre iglesia y fortaleza no es casual: Santorcaz fue señorío del arzobispado de Toledo, y el conjunto religioso y defensivo formaba una unidad simbólica y estratégica.
La cabecera constituye el núcleo más antiguo y valioso del edificio. Está formada por tres capillas con ábsides semicirculares precedidos de tramos rectos. El ábside central se cubre con bóveda de horno y conserva restos de pintura mural con la representación de un Pantocrátor rodeado del Tetramorfos, iconografía habitual del siglo XIII. Exteriormente presenta una rica decoración mudéjar toledana: zócalo de mampostería, fajas con verdugadas de ladrillo y un friso de arcos ciegos de herradura apuntada, elemento característico del mudéjar de la diócesis toledana.
Uno de los elementos más singulares es el vano geminado del muro norte, formado por dos arcos trilobulados de ladrillo, solución poco frecuente en el territorio madrileño y que refuerza la cronología del siglo XIII.
El cuerpo de naves presenta tres espacios divididos en cuatro tramos mediante grandes arcadas de medio punto apoyadas en pilares cruciformes. Sin embargo, esta parte sufrió importantes transformaciones. En 1525, durante el incendio del castillo, se desmontó parte de la cubierta para evitar la propagación del fuego. Posteriormente se realizaron numerosas intervenciones en los siglos XVI y XVII.
La torre actual fue levantada en el siglo XVI, con obras documentadas desde 1569. A lo largo del siglo XVII y comienzos del XVIII sufrió múltiples reparaciones, paralizadas incluso por la Guerra de Sucesión. El pórtico meridional, de estilo renacentista, fue construido en 1618 por Pedro de San Martín, con arquería de medio punto sobre columnas dóricas. En esas mismas décadas se edificaron la sacristía (1588-1596, obra de Diego de Prabes) y las capillas laterales.
El interior se enriqueció en el siglo XVII con el gran retablo barroco del ábside central, contratado en 1631 al entallador toledano Miguel González.
El templo sufrió daños durante la Guerra de la Independencia y fue saqueado, pero el episodio más grave ocurrió en 1951, cuando se hundieron las cubiertas de la nave central y lateral norte. La reconstrucción, dirigida por Javier de Lara en 1953, dio lugar a las cubiertas actuales de escayola. Una segunda restauración se llevó a cabo en 1989 bajo la dirección de José Luis Sánchez Pérez.
En definitiva, la iglesia de San Torcuato no es un edificio de una sola época, sino una construcción de origen mudéjar del siglo XIII profundamente transformada en los siglos XVI y XVII y restaurada en el XX, lo que la convierte en un magnífico ejemplo de superposición histórica y arquitectónica.
En la Plaza de San Torcuato, seguimos la indicación de una placa donde se indica el camino para llegar hasta la Ermita de la Inmaculada Concepción, situada a 600 metros de aquí. Desde la plaza anterior, llegaremos en escasos metros a la Plaza de la Cruz del Pradillo, de la cual parte la Calle del Embudo durante unos metros hasta llegar a la Calle de Victoriano Cuadrado y continuar posteriormente por la prolongación de la misma llamada Camino de la Concepción que al terminar su parte asfaltada, esta se convierte en pista de tierra bastante bien prensada y sin apenas baches hasta llegar a la ermita.
La construcción presenta planta cuadrada, muros de mampostería, portada de entrada en piedra y cubierta a cuatro aguas, que por su pequeño tamaño más se parece a un humilladero que a una ermita. Aunque no se conservan demasiadas noticias documentales, la ermita se encuentra datada en 1627. En un principio su conservación y mantenimiento se encontraba a cargo de los propietarios del mayorazgo, fundado por el licenciado Juan Martínez de la Plaza, y que en 1776 se encontraba en manos de José Salazar.
Posteriormente los herederos del mayorazgo, fueron liquidando las propiedades vinculadas con esta ermita, por lo que privaron de los medios necesarios para su mantenimiento, por lo que en 1885 su estado era tan lamentable que amenazaba ruina inminente, hasta que en 1986 fue totalmente restaurada. En su fachada principal y en el lateral norte, existen una placa y unas cruces conmemorativas, como homenaje del Santísimo Cristo de la Fe a la Brigada Paracaidista, en las cuales figuran los nombres de paracaidistas que fallecieron saltando en esta zona.
Retrocedemos por el Camino de la Concepción hasta encontrarnos a nuestra izquierda con la Calle de San Roque, la cual tomaremos hasta girar a la izquierda por el Camino de Corpa hasta situarnos en la Ermita de San Roque.
Al igual que la ermita anteriormente mencionada, la de San Roque es de planta cuadrada, muros de mampostería encalados y cubierta a cuatro aguas, así mismo por su pequeño tamaño, pudiera haber sido un humilladero. Su origen podría remontarse a fechas anteriores a 1576, año en que en las Relaciones Topográficas de Felipe II se hacía mención que en extramuros a mano izquierda saliendo del pueblo había un humilladero construido por un particular, no obstante en 1895 en la relación de locales destinados al culto, se menciona que la capellanía que la atendía fue fundada por Diego Hernández del Val en 1637. Aunque se tiene poquísima documentación de esta ermita, se sabe que en 1776 el visitador eclesiástico ordenó al procurador de Los Santos de la Humosa que procediera a su reparación. En 1885 la ermita ya no estaba atendida por particulares, sufragando su reparación el cura de Santorcaz. En 1992 sufrió una reparación general, encalado, paredes y tejado. En este lugar se celebra la romería del 15 de agosto de cada año.
Abandonamos la parte alta de Santorcaz para dirigirnos hacia la Ermita de la Soledad, situada junto a la carretera M-213 en dirección a Pastrana. Aunque la distancia desde la Plaza de la Constitución apenas supera los 300 metros y puede realizarse cómodamente a pie, decidimos acercarnos en coche al tratarse de un itinerario que continúa hacia otros puntos más alejados.
Esta ermita presenta planta rectangular con muros de mampostería, sillería en las esquinas y cubierta a cuatro aguas. En un principio el acceso se efectuaba por una portada de arcos geminados que en la actualidad se sitúan en el lateral, posiblemente recolocados en 1681, año en el que se abrió la actual portada de único vano en la fachada principal, un poco descentrada respecto al eje de la construcción, encontrándose a la derecha de la misma en alto, una lápida en la que se indica que la advocación es compartida con San Antón.
En antiguas fotografías los huecos aparecen cegados con mampostería, aunque en la actualidad se encuentran abiertos y protegidos mediante acristalamiento, lo que permite apreciar el vano geminado en su configuración original.
Las primeras referencias documentales de esta ermita, se remontan a 1776, cuando el visitador eclesiástico ordenó al párroco que pidiera limosnas para comprar las nuevas puertas. La ermita ha sufrido diversas intervenciones: fue reedificada en 1795; en 1891 se derrumbó la techumbre dañando algunas imágenes y destrozando el altar. En 1892 un albañil llamado Guillermo García que inspeccionó la ermita, determinó que había que rehacer la armadura, toda vez que no resistiría el peso de una nueva cubierta, aparte de otras intervenciones, siendo llevadas las obras gracias a las contribuciones de los feligreses. Por último ya en 1982 se hicieron nuevas obras de mantenimiento, entre las mismas, la colocación de la puerta de madera proveniente de la derruida ermita de Orcalez.
Oppidum carpetano del Llano de la Horca. Se tarta de un destacado asentamiento carpetano situado en el término de Santorcaz, sobre un cerro amesetado de unas 14 hectáreas que domina visualmente el valle y las tierras fértiles de la vega. Su posición estratégica explica tanto su desarrollo como su papel en las redes comerciales del interior peninsular durante la Segunda Edad del Hierro.
Las investigaciones arqueológicas han documentado una primera ocupación en el Bronce Pleno, aunque tras un largo periodo de abandono el lugar fue intensamente poblado entre mediados del siglo III y el primer cuarto o mediados del siglo I a.C., momento en el que se configura como un auténtico oppidum (asentamiento fortificado en altura).
En sus fases iniciales el enclave debió de ser pequeño y poco estructurado, con espacios abiertos delimitados por postes y muros ligeros. Posteriormente se levantaron viviendas con zócalos de piedra y alzados de adobe o tapial, cubiertas vegetales y suelos de tierra batida. Con el tiempo el poblado adoptó un urbanismo más complejo y organizado: calles empedradas de hasta cinco metros de anchura, algunas con huellas de carros, y manzanas de casas adosadas en torno a un espacio central.
Las viviendas, de planta trapezoidal o rectangular y entre 70 y 100 m², se articulaban en varias estancias: un espacio de acceso o taller, una sala principal con hogar central y banco corrido —centro de la vida doméstica— y una estancia posterior destinada a almacén o despensa. La existencia de porches de entrada sugiere que buena parte de la actividad cotidiana se desarrollaba al aire libre.
La economía se basaba en la agricultura y la ganadería, complementadas por la caza y la recolección. Sin embargo, los hallazgos demuestran un intenso comercio, especialmente con la Celtiberia del valle medio del Ebro, como evidencian las monedas halladas y la presencia de cerámicas campanienses importadas de Italia.
Entre los materiales más destacados figuran fíbulas de bronce tipo La Téne, ornamentos personales y una rica producción cerámica, como el llamado Vaso de los Caballos, decorado con un friso de caballos esquemáticos de clara influencia celtibérica, o el Vaso de los Grifos, con motivos geométricos y figuras estilizadas de carácter fantástico.
El final del asentamiento coincide con las Guerras Sertorianas (82–72 a.C.) y con la reorganización del territorio en época romana. El oppidum fue perdiendo población mientras emergía la cercana Complutum (actual Alcalá de Henares), hasta quedar definitivamente abandonado en el último tercio del siglo I a.C.
Las excavaciones iniciadas en 2001 por el Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid han permitido reconstruir la evolución del enclave y situarlo como uno de los yacimientos carpetanos más relevantes del territorio madrileño, fundamental para comprender la transición entre el mundo prerromano y la romanización en la zona del valle del Henares.
De todo lo explicado anteriormente, apenas se puede ver los restos de paredes de piedra de lo que pudiera ser una casa, sin ningún panel explicativo y con evidentes signos de abandono, como se puede apreciar además en el generoso panel de la Comunidad de Madrid, en el que apenas se puede leer nada debido al paso de los años.
Para llegar hasta este lugar, existen dos opciones. Los que se hayan decantado por ir en un vehículo hasta la Ermita de la Soledad y dejarlo en sus inmediaciones, o los que caminando hayan llegado hasta la ermita. En ambos casos se debe continuar por el camino que sale detrás de la misma, llamado camino de Guadalajara, para que al cabo de unos 300 metros se encuentren situados frente a las piscinas municipales de Santorcaz. Desde este punto a la izquierda, sale una pista de arena que dependiendo de la lluvia caída, puede estar en mejor o peor estado. Después de unos 150 metros rodeados de sembrados, se encuentra a la izquierda otra pista igualmente de tierra, pero esta vez con una pendiente media y llena de cantos rodados de unos 130 metros de longitud, lo cual hace inviable el transitar por la misma a personas en sillas de ruedas o con dificultades al caminar.
Al finalizar esta pendiente, se encuentra una barrera metálica la cual se tiene que rodear para poder pasar. Desde aquí y campo a través, por un caminito estrecho de tierra de 250 metros de longitud, conformado por los propios visitantes, se llega a los restos existentes. Mientras que se va caminando, se pueden observar pequeñas hondonadas que pudieran corresponder con posibles construcciones de la misma época que la principal.
Tanto Google Maps como TomTom proponen un acceso diferente al seguido en esta visita. Sin embargo, el itinerario descrito aquí es el que aparece señalizado sobre el terreno y el que, en nuestra experiencia, resulta más claro y directo.
Volvemos a la Ermita de la Soledad para girar a la derecha por la carretera M-213, esta vez ya con el vehículo, y tras recorrer unos 500 metros encontrarnos con la Fuente del Caño Alto.
Se trata de una fuente con un frente mural realizado con grandes sillares de piedra caliza, adosado al terreno. El agua que la alimenta, procedente de un manantial que nace en el Llano de la Horca, brota por un único caño situado a la derecha del muro y se deposita en un pilón rectangular de grandes dimensiones. Este se comunica con otro menor, separados ambos por un pequeño murete con una hendidura que facilita la circulación del agua. En otro tiempo, y hasta hace pocos años, sirvió como abrevadero.
Unos metros más adelante se encuentra el antiguo lavadero, reformado y actualmente cubierto en sus lados norte y oeste. Para realizar el cerramiento se levantaron muros de mampostería careada, en los que se disponen mechinales (orificios) destinados a recibir los tirantes de las cubiertas de madera, ambas de una sola vertiente. La cubierta se apoya en cinco pilares cuadrados de madera, que a su vez descansan sobre bases exentas troncocónicas de piedra situadas dentro de los pilones.
El lavadero consta de dos pilones rectangulares de diferente tamaño, separados por un pequeño murete y comunicados entre sí por un canal horadado en el mismo. Se alimentan de una fuente con frente de mampostería careada y sillería, de la que emergen tres caños. Dos vierten sus aguas en una pila rectangular de sillería, mientras que el tercero lo hace en una pequeña pila de piedra caliza situada a la derecha de la anterior. El agua pasa desde estas pilas al lavadero mediante dos canales, el principal labrado en dos piezas de piedra caliza, que parten desde uno de los laterales de la pila mayor.
A pocos metros, a espaldas del lavadero, todavía se conservan las ruinas de la antigua almazara o molino de aceite, lugar donde se prensaban las aceitunas para obtener el preciado líquido. Sin duda, un conjunto que ocupa un lugar destacado en la historia económica de Santorcaz.
Terminadas estas visitas, tomamos de nuevo el coche para dirigirnos hasta nuestra última visita, las ruinas de la ermita de Orcalez, situada en la confluencia de las carreteras M-226 y M213 a unos 800 metros de la Fuente de Caño Alto, comentada anteriormente, en la vega del arroyo Anchuelo y al pie del cerro de las Horcas, se encuentra hoy en un estado de ruina muy avanzado. Los muros perimetrales permanecen en pie en buena parte, pero la cubierta ha desaparecido por completo y el interior se halla invadido por vegetación espontánea, sin señalización ni acondicionamiento alguno.
La tradición sitúa su construcción en torno al año 1300, bajo el arzobispado de Gonzalo de Palomeque, quedando consagrada a una de las denominadas vírgenes negras. El edificio constaba de una nave única rematada por un ábside semicircular precedido de tramo recto, con cubierta de madera de par y nudillo y coro alto a los pies. A la fachada occidental se adosaba un atrio denominado en las fuentes como “el jardín”.
Según la documentación histórica, en la parte inferior del ábside existían vestigios mudéjares caracterizados por mampostería dispuesta entre verdugadas de ladrillo, técnica vinculada a alarifes mudéjares y fechable entre los siglos XII y XIV. Sin embargo, en el estado actual del edificio, muy alterado por derrumbes y pérdidas de material, estos elementos resultan difícilmente identificables a simple vista.
Las imágenes permiten apreciar diferentes fases constructivas y reformas posteriores. Destaca especialmente el arranque de una columna adosada y los nervios pétreos conservados en uno de los paramentos, que sugieren la existencia de una estructura abovedada o de una reforma arquitectónica posterior a la fábrica primitiva. La superposición de materiales —mampostería, ladrillo y refuerzos más recientes— confirma la evolución constructiva del conjunto.
En agosto de 2004 un incendio afectó a la ermita, dañando el atrio delantero, las puertas y parte del coro. En la actualidad, el edificio aparece prácticamente integrado en el paisaje, entre matorrales y arbolado espontáneo, ofreciendo una imagen de abandono que contrasta con la relevancia histórica que tuvo en la localidad.
La visita debe hacerse con extrema precaución, ya que, aunque en teoría se encuentra dentro de un área recreativa —de la que únicamente se conserva un banco en muy mal estado—, el entorno presenta maleza abundante y algunos restos de escombros. Las ruinas de la ermita se encuentran delimitadas por una alambrada, lo cual no impide que alguien pueda intentar acceder al interior, con el consiguiente riesgo de desprendimientos en el único muro conservado o en la espadaña.
Con esta visita concluyo el recorrido por un pueblo que presenta luces y sombras en la conservación de su patrimonio arquitectónico y arqueológico, pero que, sin embargo, bien merece una visita pausada.

Fuentes: Folletos Comunidad de Madrid, WEB Ayuntamiento,COAM, ChatGPT y Paneles explicativos
