Esta zona puede recorrerse a pie desde el centro histórico, en un paseo urbano de unos tres kilómetros aproximadamente, enlazando distintos rincones de interés de la villa.
Como referencia para quienes lleguen en coche, Navalcarnero cuenta con aparcamientos de pago en la Plaza del Teatro y en los bajos del nuevo Ayuntamiento.
Después de dejar estacionado el coche en el parking de pago de la Plaza del Teatro, nos dirigimos al lugar más icónico del municipio, como es la Plaza de Segovia. Dejando aparte diversas consideraciones que relatan los primeros edificios aislados construidos en la misma, lo cierto es que debería encontrarse terminada en 1639, cuando Gabriel Díaz Catalán, a la sazón alcalde de esta villa por aquel entonces, afirmó que "un sermón que había predicado un jesuita del lugar, iba a costar más caro que las columnas de la plaza".
Se sabe que desde un principio esta plaza constituyó el punto neurálgico de Navalcarnero. En ella se encontraba no solo el centro de esparcimiento y reunión de sus habitantes, sino también el edificio del ayuntamiento. El lugar adquirió mayor importancia cuando, con motivo de las velaciones matrimoniales del rey Felipe IV con su sobrina, la archiduquesa Mariana de Austria, celebradas el 7 de octubre de 1649 en el oratorio de la Casa de la Cadena, se organizaron diversos festejos en honor de los monarcas, entre ellos corridas y capeas de toros. Las celebraciones se prolongaron hasta el día 9, cuando los reyes abandonaron Navalcarnero rumbo al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Esta separación de los ritos litúrgicos respondió a una astuta estrategia fiscal de la Corona: la ley eximía de pagar impuestos durante un año entero a la localidad donde el monarca se velase, por lo que elegir una villa modesta en lugar de Madrid evitaba un descalabro en las arcas reales. Como agradecimiento por la hospitalidad del concejo y para conmemorar los solemnes festejos barrocos que engalanaron la Plaza de Segovia durante días, Felipe IV otorgó formalmente a la localidad el título de Villa Real en 1651, consolidando para siempre el prestigio histórico de este emblemático recinto porticado. Además de la concesión del título mencionado, le fue otorgado el privilegio de celebrar en la plaza una corrida anual. Debido a esto, los corredores de las casas porticadas se constituyeron en una importante fuente de ingresos para sus propietarios, quienes los alquilaban a precios muy elevados a todos aquellos que buscaban contemplar el festejo desde un puesto privilegiado.
Arquitectónicamente, la plaza responde al esquema clásico de la plaza porticada castellana, caracterizada por sus tres lados irregulares y sus entramados de madera. Sin embargo, es el lateral sur el que concentra la mayor carga monumental e histórica del conjunto. En este flanco se hace evidente el uso de la arquitectura tradicional polícroma. La planta baja se sostiene sobre recios pilares de piedra granítica y pies derechos de madera que configuran los clásicos soportales. Sobre ellos descansan las plantas superiores, ejecutadas mediante entramados de madera vista y paramentos revocados que rompen la clásica uniformidad blanca del siglo pasado.
Tras una minuciosa rehabilitación arqueológica, las fachadas de este lienzo recuperaron su fisonomía del siglo XVIII, destacando sus característicos revocos en tonos ocres, almagres y grisáceos. El conjunto se remata con los emblemáticos corredores y balconadas de madera de estilo segoviano, cuyos aleros y balaustradas de forja tradicional servían tanto de desahogo doméstico como de palco de honor para los antiguos festejos de la villa.
Situado en el lado oeste de la Plaza de Segovia, se encuentra el edificio del antiguo Ayuntamiento. Aunque no se tiene constancia del año exacto de su construcción, documentalmente se sabe que en 1588 ya existía una casa consistorial que necesitaba ser reparada, no siendo hasta 1590 cuando, bajo la dirección de los maestros de obras Alonso López de Guadalupe y Alonso de Ávalos el Viejo, se procedió a su rehabilitación.
De nuevo sufrió otra rehabilitación a finales de 1671, cuando el concejo encargó a los maestros Francisco Lucas de Riaza y Lucas García las obras pertinentes para llevarla a cabo. Gracias a ello se sabe que el edificio contaba con una gran sala inferior que servía para las reuniones municipales, y otra sala en la parte superior en la que se efectuaban las elecciones secretas de los oficios concejiles, como eran el alcalde, los regidores, actuales concejales, los alguaciles, los escribanos y los mayordomos. Se sabe igualmente que junto a esta última sala se encontraba una galería abierta de madera desde donde poder seguir los acontecimientos que ocurrían en la plaza.
Por último, en 1839 el edificio sufrió otra reconstrucción total, sufragada por los vecinos de la villa, siendo entonces cuando posiblemente se desmontó la galería mencionada. En la actualidad, en la planta baja se encuentra ubicada la Oficina de Turismo.
Arquitectónicamente, el edificio presenta una fachada de carácter tradicional, organizada en dos plantas y abierta en su parte inferior mediante un amplio soportal sobre columnas de piedra. Sobre él se desarrolla una balconada corrida con sencilla rejería de hierro, desde la que se ordenan los huecos principales de la planta superior.
La fachada combina muros revocados de tonos claros, zócalo de piedra, carpinterías de madera y cubierta inclinada de teja curva, elementos propios de la arquitectura castellana tradicional. En la zona central destacan el escudo de la villa, labrado en piedra por el escultor Feliciano Hernández, y una placa con el acta de la fundación de Navalcarnero, que refuerzan el carácter histórico e institucional del inmueble dentro del conjunto porticado de la Plaza de Segovia.
Saliendo de la Plaza de Segovia por la esquina donde se encuentra el antiguo Ayuntamiento y girando a la izquierda, nos encontramos en la Glorieta de la Vera Cruz, donde se levanta la Ermita de la Veracruz.
Esta ermita se comenzó a construir en 1611, en un solar donado por el concejo de la villa, terminándose lo fundamental en 1624, gracias sobre todo a las aportaciones de los cofrades. Posteriormente, gracias a una nueva donación del concejo, en 1635 se añadió una sacristía en el lado sur, y en 1652 una capilla dedicada al Santísimo Cristo, siendo por entonces un templo de una sola nave, levantado en ladrillo y cubierto con armadura de madera, con la posibilidad de que existieran ya algunas pinturas murales.
A principios del siglo XVIII se efectuó una gran remodelación, ocultándose la armadura de madera de la techumbre con un techo encamonado —técnica realizada mediante camones, armazones de madera revestidos de finos listones o cañas que, tras adoptar la forma convenida, se enfoscaban y enlucían—, empleándose en la capilla mayor una bóveda de paños poligonales. En la misma remodelación se construyó un nuevo retablo de columnas salomónicas, colocándose en el nicho principal a la Virgen de la Soledad y, a sus pies, la urna con el Cristo yacente.
Como consecuencia del abandono y de los daños producidos por la Guerra Civil, a principios del siglo XXI se llevó a cabo otra rehabilitación, restaurándose algunas pinturas sobre la Pasión de Cristo que decoran la cabecera. El conjunto está compuesto por una Piedad con el Cristo muerto, un Calvario con Jesús y los ladrones, y tres parejas de ángeles que sostienen los símbolos marianos.
Exteriormente, la ermita presenta una fachada sencilla y sobria, con muros revocados de tonos claros y decoración que imita sillares. La portada, situada en el eje del muro, está formada por un vano adintelado enmarcado por molduras de piedra y rematado por un frontón triangular. Sobre la puerta aparece una pequeña abertura superior y, bajo el frontón, una inscripción latina que dice: "Si vis ad vitam ingredi serva mandata", cuya traducción es: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos".
En la Glorieta de la Vera Cruz, junto a la iglesia parroquial y muy próxima a la Plaza de Segovia, se encuentra la conocida como Hostería de las Monjas, antiguamente llamada Casa de las Monjas. Se trata de una de las casas palacio de Navalcarnero, cuyo origen no está plenamente documentado. Según la tradición, recogida por Isabel Montejano, pudo levantarse en la primera mitad del Siglo XVI para servir de refugio a los maestros que trabajaban en las obras de la iglesia, siendo ocupada posteriormente por la Compañía de Jesús.
Tras el traslado de los jesuitas a una nueva casa situada en la calle del Colegio, el edificio habría sido utilizado como noviciado. Después de la expulsión de la Compañía de Jesús por la Real Pragmática de Carlos III de 1767, el inmueble pasó a manos privadas, manteniendo durante algunos años su uso como centro de estudios superiores. No obstante, la memoria del proyecto de rehabilitación de 1984 señala otra posibilidad, al relacionar la construcción con un conjunto de edificios levantados hacia 1795 por una familia de origen catalán, apellidada Carrillo, sin que pueda asegurarse si se trató de una obra nueva o de la reforma de una construcción anterior.
En 1850 pasó a formar parte del patrimonio de un escribano del Ayuntamiento, más tarde primer registrador de la propiedad del partido judicial de Navalcarnero. Ya en el Siglo XX, concretamente en 1940, fue alquilado a las Religiosas del Amor de Dios, que lo destinaron a centro de enseñanza. En 1980 el Ayuntamiento intentó adquirirlo para instalar en él la Casa de Cultura, proyecto que finalmente no prosperó. Cuatro años después, en 1984, fue comprado por su actual propietario y rehabilitado por el arquitecto Enrique Ortega Regueira para adaptarlo a uso hostelero.
Arquitectónicamente, el edificio presenta planta irregular, próxima a una forma de L, y se desarrolla en dos alturas, además de un semisótano condicionado por el desnivel del terreno. Su fábrica combina muros de ladrillo con cajones revocados de mampostería, sobre un zócalo de sillares de granito que recorre el perímetro. Las cubiertas son de teja curva a cuatro aguas sobre armadura de madera.
El exterior se caracteriza por su sobriedad ornamental, limitada prácticamente a una sencilla imposta que recorre la fachada a la altura del forjado del piso principal. En la fachada principal se abren la puerta de acceso, adintelada y enmarcada por piezas pétreas, una ventana en la planta baja y dos balcones en la superior. En las demás fachadas predominan los huecos sencillos, con dinteles de ladrillo a sardinel. La restauración de 1984 consolidó el edificio, recuperó en lo posible su aspecto original y adaptó el interior a su nueva función como restaurante y hostería.
Uno de los elementos más singulares del conjunto es su cueva, conocida como La Cueva del Beso, que según la tradición fue visitada por Felipe IV y Mariana de Austria tras sus desposorios en Navalcarnero. Al parecer, esta cueva fue construida en el Siglo XVII por los jesuitas para almacenar vino, siendo considerada una de las más extensas de la villa.
A escasos metros de la Hostería de las Monjas, se encuentra la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción.
El templo aparece citado en las Relaciones de Felipe II bajo la advocación de la Concepción, aunque en la actualidad está dedicado a Nuestra Señora de la Asunción. Su origen se remonta a los primeros tiempos de Navalcarnero, considerándose que la construcción actual pudo iniciarse hacia 1520 o 1530, prolongándose las obras durante varios siglos.
Durante el Siglo XVI se levantaron algunas de sus partes fundamentales, como el ábside, la torre y las arcadas de la nave central. En el Siglo XVII se reanudaron los trabajos y se completó el cuerpo barroco que remata la torre mudéjar. Ya en el Siglo XVIII, debido al mal estado del edificio, se realizaron importantes obras de reparación y una profunda reforma final, dirigida por el arquitecto Juan Pedro Arnal, que contribuyó a darle su aspecto definitivo.
El interior del templo presenta planta de cruz latina, con tres naves separadas por grandes arcos de medio punto que descansan sobre columnas y pilares de piedra. La nave central conduce hacia el crucero y la capilla mayor, donde se sitúa el retablo mayor, mientras que las naves laterales acogen diversos retablos y capillas.
Entre las capillas del templo destaca la Capilla de la Inmaculada, cerrada por cristal, en cuyo interior se conserva un rico conjunto ornamental presidido por la imagen titular e inaugurada en 1644.
Por el exterior, los muros tienden al aparejo toledano, es decir, construidos a base de ladrillo, cajones de mampostería concertada, formada por piezas de piedra ajustadas entre sí, y un zócalo de piedra granítica que recorre todo el perímetro del templo. El acceso al interior se efectúa mediante dos portadas, una en la cara sur, la principal, y otra en la norte.
La portada sur, de estilo neoclásico, se encuentra construida totalmente en ladrillo, seguramente a finales del Siglo XVIII. Presenta perfil adintelado y queda enmarcada por dos pilastras planas, rematándose en la parte superior mediante un frontón triangular en el que se ubica, esculpido en granito, el escudo borbónico.
La portada norte presenta un vano adintelado con carpintería de madera de doble hoja, integrado en un muro de fábrica mixta de ladrillo, mampostería y zócalo pétreo. Sobre el acceso destaca un amplio arco de descarga de ladrillo dispuesto a sardinel, elemento constructivo que refuerza la sobriedad y el carácter funcional de esta entrada lateral.
Situada a los pies del templo, se encuentra la torre-campanario mudéjar, levantada completamente en ladrillo en el Siglo XVI y completada en el Siglo XVII. Está formada por cuatro cuerpos separados por impostas con decoración mudéjar, pequeños arcos entrelazados y dientes de pez. El último cuerpo, levantado en el Siglo XVII, presenta en cada uno de sus lados dos vanos de medio punto y se remata con un chapitel, construido de nuevo a raíz del incendio que destruyó el anterior el 1 de agosto de 1999.
Después de la visita a la Iglesia Parroquial, empezamos a caminar por la Calle Real, situada en el lateral derecho del templo, para encontrarnos a los pocos metros con la Cruz del Sagrario.
Este monumento está formado por una columna de granito de estilo toscano, rematada por una cruz metálica de forja. Su ubicación no es casual, ya que señala la alineación con el Sagrario de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, oculto desde la calle por el caserío situado entre el templo y la vía pública.
De este modo, la cruz servía como referencia devocional para los viandantes, indicando el lugar hacia el que podían dirigir una señal de respeto o recogimiento. El conjunto se integra además en el histórico Camino Real de Guadalupe, recorrido por peregrinos y viajeros a su paso por Navalcarnero.
En época reciente se incorporó junto al pedestal la silueta en bronce de un peregrino, que refuerza la relación de este enclave con el camino, la tradición religiosa y la memoria histórica de la villa.
Seguimos por Calle Real hasta llegar a su confluencia con la Calle de la Libertad, donde se encuentra ubicado el conjunto escultórico del Monumento a los Encierros, obra realizada en bronce y granito por el escultor local Feliciano Hernández en 1996, en la que se representan los afamados encierros nocturnos de Navalcarnero.
La tradición taurina de Navalcarnero cuenta con una larga historia, existiendo constancia documental de la celebración de encierros desde finales del Siglo XVI. En actas del Concejo correspondientes a los años 1588 a 1591 ya se hace referencia a la costumbre de correr los toros con motivo de la fiesta del Rosario, celebración próxima a la fecha fundacional de la villa, el 10 de octubre de 1499.
Uno de los momentos más destacados de esta tradición tuvo lugar en 1649, cuando Navalcarnero acogió las bodas reales de Felipe IV y Mariana de Austria. Con motivo de aquel acontecimiento se trajeron toros para las capeas y fiestas celebradas en la villa, lo que contribuyó a reforzar una afición que se mantendría viva a lo largo de los siglos. A partir de 1650, Navalcarnero obtuvo permiso real para celebrar una corrida anual el día 9 de septiembre, privilegio poco frecuente en la época.
Los encierros han ido modificando su recorrido con el paso del tiempo. Antiguamente las reses llegaban desde la zona del río Guadarrama, acompañadas por jinetes, para dirigirse posteriormente hacia la Plaza de Segovia. Durante buena parte del Siglo XX discurrieron por las calles Libertad y Real, finalizando también en la Plaza de Segovia. Desde 1996 el recorrido se trasladó a las calles Alemania y Paseo del Alparrache, desembocando en la plaza de toros Félix Colomo.
En recuerdo de esta tradición, en 1997 se inauguró el Monumento a los Encierros en el lugar donde confluyen las calles Real y Libertad, punto por el que antiguamente transcurrían los festejos. Su presencia recuerda una de las señas festivas más características de Navalcarnero, especialmente por la singularidad de sus encierros, celebrados en buena parte en horario nocturno desde hace más de un siglo.
Continuando por la Calle de la Libertad, llegamos al Teatro Municipal Centro, edificio levantado en la década de 1920 por iniciativa de la Sociedad Centro Obrero y Agrícola de Navalcarnero, entidad recreativa y social creada a comienzos del Siglo XX. Su construcción respondió a la afición teatral existente entonces en la villa, encargándose el proyecto al arquitecto Federico Tárrega.
El edificio sufrió importantes daños durante la Guerra Civil y, tras quedar en estado ruinoso, fue donado al Ayuntamiento en 1945. Durante años tuvo distintos usos provisionales, hasta que en la década de 1970 se acometió una reforma profunda que permitió recuperar su función cultural. Posteriormente sería objeto de nuevas remodelaciones, entre ellas la realizada en 1985 por la Comunidad de Madrid, que respetó su aspecto exterior y renovó el interior.
Arquitectónicamente, destaca por su fachada principal de ladrillo visto, de aspecto sobrio y con cierto aire fabril. En ella se abren grandes arcos de medio punto en la planta baja y un amplio vano central en la superior, rematándose el conjunto con un perfil escalonado que le da una imagen muy reconocible dentro de este espacio urbano.
Frente al teatro se encuentra la Fuente de las Musas, elemento ornamental vinculado al mundo de las artes y acorde con el carácter cultural del entorno. La escultura central, una Musa realizada en bronce por el escultor Ramón Chaparro en 2006, refuerza la relación de este espacio con la creación artística.
Continuamos caminando por la Calle de la Libertad hasta llegar al número 35, donde se encuentra la actual Casa de la Cultura.
Nos encontramos ante una de las casas solariegas mejor conservadas de Navalcarnero. Según los estudios realizados sobre el escudo, fue levantada por la familia Delgado, afincada en esta villa desde 1561. En él puede verse un casco o yelmo con la visera bajada, siete estrellas de ocho puntas y dos borduras. En la interior aparece grabada la inscripción "AVE MARIA GRATIA PLENA DOMINVS TECVM", mientras que en la exterior, menos visible, figuran ocho calderas de oro. Las calderas, frecuentes en la heráldica castellana, simbolizaban la capacidad del linaje para mantener a sus mesnadas, nombre que recibían los grupos de hombres armados al servicio de un señor. Por ello, se asociaban al poder, la riqueza y la autoridad señorial.
El edificio presenta dos alturas y planta irregular, con muros de fábrica de ladrillo visto y cajones de mampostería. El portón de entrada se encuentra descentrado respecto a la simetría de la fachada principal, quedando el paño derecho perforado por tres ventanas, mientras que el izquierdo solo presenta una, todas ellas enrejadas con forja de la época. Sobre las tres ventanas se abren sendos ojos de buey, que servían para ventilar el granero ubicado en la parte superior del edificio. Sobre la única ventana del lado izquierdo se encuentra otra de menor tamaño, adintelada con ladrillos a sardinel, al igual que las restantes.
El edificio fue adquirido por el Ayuntamiento en 1984 con el fin de convertirlo en Casa de Cultura. Las reformas comenzaron en 1986, según proyecto de los arquitectos Santiago Camacho y Eduardo Morán, con financiación de la Comunidad de Madrid.
Desde la Casa de la Cultura, el recorrido puede prolongarse hacia la zona norte de Navalcarnero. Para ello, se continúa por la Calle de la Libertad hasta su confluencia con la Ronda de San Juan, donde se gira a la izquierda, y poco después a la derecha por la Calle de Buenavista, en la que se encuentra el gran edificio de la antigua fábrica de harinas La Aurora, en la actualidad residencia para mayores y centro de día.
La antigua fábrica de harinas La Aurora constituye uno de los ejemplos más destacados del patrimonio industrial de Navalcarnero. El conjunto fue levantado a finales del Siglo XIX por la familia Gancedo Rodríguez, aunque no comenzó a funcionar hasta 1906. Su ubicación, en el borde norte del casco urbano y junto al trazado del antiguo ferrocarril de vía estrecha Madrid-Almoróx, respondía a la necesidad de facilitar el transporte de los productos elaborados en la fábrica.
Dedicada a la producción de piensos y harinas para consumo humano, alcanzó su mayor desarrollo en los años veinte del Siglo XX, viviendo también un periodo de prosperidad tras la Guerra Civil. A partir de los años cincuenta comenzó su decadencia, al no incorporar nuevas tecnologías de producción, lo que finalmente llevó al cierre de la fábrica a comienzos de los años setenta.
Arquitectónicamente, el conjunto estaba formado por varios edificios independientes de planta rectangular, organizados en torno a un gran patio de trabajo. El edificio principal albergaba la fábrica propiamente dicha, además de oficinas y viviendas, mientras que las construcciones auxiliares se destinaban a almacenes de grano y harina, talleres, garaje y cuadras.
El edificio principal destaca por su carácter fabril, con muros de carga de mampostería concertada reforzados con ladrillo visto, huecos rematados por arcos rebajados, impostas de ladrillo marcando los niveles de las plantas y cubiertas de teja árabe a dos aguas. En la fachada aún se conserva el rótulo de La Aurora, que recuerda el uso original del conjunto.
Tras sufrir un incendio que destruyó buena parte del interior del edificio principal, el conjunto fue rehabilitado en 1989 por el arquitecto Juan Esteban Casas para adaptarlo a residencia geriátrica, recuperando en gran medida su aspecto primitivo y manteniendo la memoria industrial de este singular edificio navalcarnerense.
Continuamos por la Calle de Buenavista hasta llegar al cementerio municipal, en cuya fachada principal, y haciendo de entrada al recinto, se encuentra la Ermita de San Juan Bautista. Su construcción comenzó en 1736 sobre el terreno donde se encontraba la antigua ermita, que había sido derribada a causa de su estado ruinoso. Sin embargo, aunque ya se habían levantado las paredes, por un problema de falta de agua no pudo terminarse hasta 1747, año en que fue bendecida.
El interior presenta planta de cruz latina y una sola nave con cubierta de madera, quedando el altar separado de esta por una reja de herrería y un arco de medio punto. Detrás del altar se encuentra un pequeño retablo con un cuadro que representa a San Juan Bautista.
El exterior muestra muros de clara influencia toledana, levantados en ladrillo y cajones de tapial encalado, es decir, paños de tierra compactada entre encofrados y posteriormente blanqueados. El acceso al templo se realiza mediante una portada de medio punto, enmarcada por pilastras de ladrillo y rematada por un frontón partido, en cuyo centro se abre una hornacina con una imagen religiosa.
Después de visitar la Ermita de San Juan Bautista, volvemos a la Calle de Buenavista para caminar por ella en dirección al centro urbano. A pocos metros de cruzar la Ronda de San Juan, nos encontramos en el Parque del Nazareno, diseñado por el arquitecto Raimundo Estepa Gómez, donde se ubica una recreación de unos antiguos lavaderos.
Teniendo en cuenta que hasta los años 70-80 del Siglo XX muchos pueblos de la Comunidad de Madrid aún no disponían de agua corriente en todas las viviendas, era habitual la construcción de lavaderos públicos, aprovechando las aguas de manantiales, ríos o arroyos próximos. Estos lugares fueron espacios fundamentales en la vida cotidiana, especialmente para las mujeres, que acudían a hacer la colada y, al mismo tiempo, encontraban allí un lugar de encuentro y conversación.
En esta ocasión se trata de un conjunto formado por cinco pilas, separadas por piezas semicirculares de piedra con un caño cada una, rematándose la última con otro caño que hace las veces de fuente. El conjunto se encuentra protegido por una cubierta de madera a dos aguas, con teja cerámica, apoyada en doce columnas cilíndricas de piedra con grandes basas del mismo material.
Se trata de una reproducción bastante peculiar de lo que fueron los antiguos lavaderos, piezas fundamentales en la vida diaria de los pueblos y que, por desgracia, no siempre se han conservado. Después de haber visto otros lavaderos reales, mejor o peor conservados, este conjunto resulta más evocador que auténtico.
A escasos metros de los lavaderos mencionados, se encuentra la ermita de la Cofradía de Nuestro Hermano Jesús Cautivo del Amor. Se trata de un templo construido en 2005 bajo el proyecto del arquitecto Raimundo Estepa, reuniéndose en la misma cofradía del mismo nombre, fundada en 1987. En su interior se puede ver la capilla del Cristo del Gran Poder que alberga una talla del escultor Antonio Begijar, así como unas pinturas murales realizadas por Alberto Pirrongelli.
Exteriormente, el templo muestra un volumen de planta rectangular, correspondiente a una sencilla nave, con muros de fábrica de ladrillo y cajones de mampostería. Las ventanas se rematan en su parte superior con ladrillos a sardinel. El acceso principal se encuentra a los pies, protegido por un atrio cubierto con armazón de madera y teja cerámica, sostenido por dos columnas cilíndricas de piedra, con zapatas y basas del mismo material. Sobre la fachada de los pies se levanta una sencilla espadaña de ladrillo, rematada por una cruz metálica. En el lateral de la epístola se abre una pequeña entrada secundaria.
Continuando por la Calle de Buenavista, llama la atención a nuestra derecha una singular construcción de ladrillo: el antiguo depósito de agua.
Se trata de una construcción de planta circular, levantada con ladrillo visto rojizo, con una circunferencia aproximada de 22,6 metros y diseñada para almacenar hasta 100 metros cúbicos de agua.
Su construcción respondió a la necesidad de modernizar el abastecimiento del municipio, proporcionando la presión hidráulica necesaria para llevar el agua a las viviendas en una época de expansión urbana. Históricamente, la villa sufrió problemas de abastecimiento, por lo que este tipo de depósitos resultaban fundamentales para garantizar el servicio.
Exteriormente destaca por su volumen cilíndrico, reforzado por franjas verticales de ladrillo y paños claros de piedra o revestimiento, así como por la cornisa circular superior, que acentúa su carácter de torre de almacenamiento.
Tras quedar en desuso debido a la llegada de redes de distribución más modernas y de mayor capacidad, el depósito fue rescatado de la demolición por el Ayuntamiento, que optó por protegerlo y restaurarlo como testimonio de la antigua infraestructura hidráulica de Navalcarnero.
Continuamos bajando por la Calle Buenavista para llegar hasta su intersección con la Calle del Pijorro, donde se encuentra el antiguo Pilón del Pijorro.
Este pilón también conocido como Fuente de los Castines, consta de un pilón rectangular en cuyos lados cortos, se encuentran dos monolitos de piedra terminados en forma piramidal, elemento común para toda la construcción, poseyendo el del lado norte un único caño cuyas aguas se depositan en el pilón mencionado.
Se comenta que desde este lugar se obtienen los mejores atardeceres de Navalcarnero.
Frente al Pilón del Pijorro, cruzando la Calle Buenavista, se encuentra el Pozo de los Capones que en la antigüedad suministraba agua a buena parte de la población de la villa, y llamado por este nombre, ya que frente al mismo, vivía la familia de los Capones.
El pozo presenta un brocal de piedra protegido por una sencilla estructura formada por dos columnas de granito sobre las que descansa un dintel horizontal. Originalmente, esta parte superior serviría de soporte al mecanismo utilizado para extraer el agua, probablemente mediante una cuerda y una polea o torno. El recipiente descendía por el interior del pozo hasta alcanzar el agua almacenada en el subsuelo y posteriormente era izado hasta la superficie.
Continuamos caminando por la Calle Buenavista hasta llegar a la Plaza de Francisco Sandoval, donde se ubica el edificio del nuevo Ayuntamiento y la reproducción de la portada de la antigua Casa de la Cadena. Se trata de una recreación realizada a partir de un grabado decimonónico por el escultor Feliciano Hernández.
Esta casa se hizo célebre debido a que el rey Felipe IV y Mariana de Austria recibieron en ella la bendición nupcial y pernoctaron allí durante dos noches, con motivo de su estancia en Navalcarnero en 1649.
Arquitectónicamente, la portada presenta una composición sencilla y monumental, levantada en ladrillo visto sobre un zócalo de piedra. El acceso se abre mediante un amplio vano adintelado, enmarcado por pilastras laterales de ladrillo que refuerzan la verticalidad del conjunto.
Sobre el hueco principal se dispone una placa conmemorativa, rodeada por un recercado de ladrillo, mientras que la parte superior se remata con una cornisa moldurada y un perfil escalonado que recuerda a las antiguas portadas señoriales. Aunque se trata de una reproducción moderna, el conjunto evoca la imagen de una antigua portada señorial y mantiene viva la memoria de uno de los episodios históricos más conocidos de Navalcarnero.
Desde el punto anterior, tomamos la Calle de Bernardino Beotas para encontrarnos, al cabo de unos metros, con el Humilladero de San Ignacio de Loyola, inaugurado el 25 de octubre de 2008 como homenaje a la presencia de la Compañía de Jesús en Navalcarnero.
El edificio está construido en ladrillo visto y granito, con una portada de arco de medio punto cerrada por una verja de hierro forjado. En la parte superior de la fachada se sitúa una placa con la inscripción del humilladero, rematándose el conjunto mediante un frontón triangular de líneas sencillas.
En su interior se conservan escenas de la vida de San Ignacio de Loyola, realizadas por el pintor Alberto Pirrongelli, junto a una escultura en bronce del santo, obra del escultor Melchor Gutiérrez San Martín. Una placa situada a la entrada recuerda el paso de los jesuitas por la localidad.
La cercana presencia de la torre de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción refuerza la relación visual de este pequeño espacio devocional con el entorno histórico y religioso de la villa.
Desde el punto anterior, regresamos a la Plaza del Teatro para continuar la visita a la parte este de Navalcarnero
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