Torrejón de Velasco, situado en el sur de la Comunidad de Madrid y muy próximo al límite con la provincia de Toledo, es un municipio de origen medieval estrechamente vinculado a los antiguos caminos, al señorío de los Velasco y al castillo de Puñonrostro. En esta visita recorremos su casco urbano, la iglesia parroquial, el castillo y otros rincones que ayudan a entender su pasado agrícola, defensivo y señorial.
El origen del topónimo Torrejón de Velasco se relaciona con el antiguo nombre de Torrejón de Sebastián Domingo, denominación que aparece vinculada a la primitiva aldea medieval. El término Torrejón haría referencia a una pequeña torre o construcción defensiva, mientras que el añadido de Velasco procede de la familia Velasco, a la que quedó asociado el lugar durante la Edad Media.
Gentilicio: Torrejoneros/as

El territorio de Torrejón de Velasco conserva testimonios muy antiguos de ocupación humana. En el entorno del valle de Humanejos se tiene constancia de un yacimiento de la Edad del Bronce conocido como el Cerro, donde se recuperaron restos de cerámica lisa. También se han localizado vestigios de la Edad del Hierro en el despoblado de La Palomera y en el llamado Cerro del Pleito, también conocido en parte como Cerro de la Iglesia, donde aparecieron restos de distintas épocas, desde la Edad del Hierro hasta el periodo romano imperial y la Edad Media.
La presencia romana queda documentada en varios puntos del término, especialmente por hallazgos de cerámica común y de terra sigillata, tanto en el Cerro del Pleito como en el camino de Esquivias, donde se localizó una villa romana de época imperial. Estos restos indican que el territorio formaba parte de un paisaje agrícola y de tránsito ya aprovechado en época antigua.
Antes incluso de estos testimonios humanos, el actual término de Torrejón de Velasco cuenta con un enclave paleontológico excepcional: el Cerro de los Batallones. Allí se descubrió, a comienzos de los años noventa del siglo XX, un importante yacimiento del Mioceno Superior, con fósiles de unos diez millones de años de antigüedad. La abundancia y buena conservación de los restos, entre ellos mastodontes, tigres de dientes de sable, hienas, mustélidos, cérvidos, tortugas, rinocerontes primitivos, jirafas de cuatro cuernos, équidos y peces fosilizados, lo convierten en uno de los yacimientos paleontológicos más destacados de Europa.
Aunque tradicionalmente se ha querido situar el origen de Torrejón de Velasco en época musulmana, e incluso algunos autores propusieron un origen hispanorromano, la documentación histórica apunta a que la población, como tantas otras de la zona sur de Madrid, surgió tras la conquista cristiana de Toledo y el proceso de repoblación de los siglos XII y XIII.
El origen documentado de Torrejón se sitúa en el Siglo XII, dentro del proceso de repoblación que siguió a la conquista de Toledo en 1085. En estos años se fueron creando pequeños núcleos rurales en la zona, vinculados a la reorganización del territorio y al avance de la frontera cristiana hacia el sur.
La primera mención documental conocida de Torrejón aparece en 1136, cuando Alfonso VII dona al monasterio de Santa María de Batres una heredad situada entre Renales y Torrejón para levantar una aldea. En este documento aparecen citados también otros lugares cercanos, como Renales, San Nicolás, Pozuela y Portillo.
Unos años después, en 1142, Torrejón vuelve a aparecer mencionado en relación con la repoblación de tierras de La Sagra. Estos datos confirman que, ya en la primera mitad del siglo XII, Torrejón formaba parte de un conjunto de pequeñas aldeas surgidas al amparo de la repoblación cristiana.
Durante el Siglo XIII se consolidó la organización territorial de la zona. Torrejón, junto con otros pequeños enclaves cercanos, quedó integrado inicialmente en la Comunidad de Villa y Tierra de Madrid, dentro del sexmo de Villaverde. Como ocurría en otros lugares dependientes del concejo madrileño, el gobierno local estaba en manos de alcaldes y regidores elegidos por los vecinos y confirmados por Madrid.
En este periodo también aparecen mencionados otros asentamientos hoy despoblados, como Pozuela y Palomero, que debieron de surgir en un contexto semejante al de Torrejón. La dispersión de pequeños núcleos fue frecuente en estos siglos, aunque con el paso del tiempo muchos de ellos terminarían desapareciendo o integrándose en términos municipales mayores.
La situación de Torrejón cambió de forma decisiva en 1294, cuando el rey Sancho IV donó el lugar, entonces llamado Torrejón de Sebastián Domingo, a Gonzalo Ruiz de Toledo, alcalde mayor de Toledo y señor de Orgaz. Con esta donación, Torrejón quedó separado de la jurisdicción de Madrid y pasó a convertirse en villa de señorío. Desde ese momento, los derechos señoriales marcaron profundamente la historia del municipio.
En el Siglo XIV, Torrejón continuó bajo dominio señorial. La donación de Sancho IV fue confirmada en 1305 por Fernando IV y su esposa, la reina Constanza. En esa confirmación se reconocían los derechos concedidos a Gonzalo Ruiz de Toledo y se detallaban diversas obligaciones de los vecinos hacia el señor, entre ellas pagos en especie, prestaciones de trabajo y la obligación de rendirle vasallaje.
Por matrimonio de una hija de Gonzalo Ruiz con Lope de Velasco, la villa pasó a manos de esta familia. A partir de entonces, el antiguo nombre de Torrejón de Sebastián Domingo fue siendo sustituido por el de Torrejón de Velasco, denominación que ha llegado hasta nuestros días.
En 1366, Enrique II concedió a Fernán Álvarez de Toledo la justicia alta y baja, civil y criminal, sobre la aldea de Torrejón, apartándola nuevamente de la jurisdicción del concejo madrileño. Esta merced fue confirmada en 1379 por Juan I. Con ello se reforzó el carácter señorial de la villa y su dependencia de linajes nobiliarios vinculados a la política castellana.
El Siglo XV fue uno de los periodos más importantes de la historia de Torrejón de Velasco. La villa pasó por distintas manos señoriales y su castillo adquirió gran protagonismo en los conflictos nobiliarios de la Castilla bajomedieval.
Hacia 1430 la villa fue heredada por Gutierre Gómez de Toledo, obispo de Palencia y más tarde arzobispo de Toledo. En el contexto de las luchas nobiliarias del reinado de Juan II, es probable que se reforzara o levantara la fortaleza de Torrejón, que tuvo un papel militar destacado. Tras la derrota del conde de Alba en Olmedo en 1444, el castillo pasó temporalmente a manos del conde de Plasencia.
Más adelante, durante el reinado de Enrique IV, Torrejón formó parte del mayorazgo de Alvar Gómez de Ciudad Real, secretario del rey. Sin embargo, este noble se pasó al bando del infante don Alonso y participó en la conocida Farsa de Ávila de 1465, en la que se escenificó la deposición simbólica de Enrique IV. Como castigo, el monarca encargó a Pedro Arias Dávila que sitiara la villa de Torrejón.
El asedio fue duro y la fortaleza terminó rindiéndose por hambre en junio de 1465. A partir de entonces, Torrejón pasó a manos de Pedro Arias Dávila, que incorporó la villa y sus privilegios a sus dominios. Su familia, los Arias Dávila, sería fundamental en la historia posterior de la localidad. En 1483, el señorío pasó a Juan Arias Dávila, quien sería elevado en 1523 por Carlos V a conde de Puñonrostro.
Durante este siglo se consolidó también la importancia económica de Torrejón, especialmente vinculada al mercado ganadero, la lana y la carne. La villa contó con mercados semanales y con una feria anual de ganado celebrada por Semana Santa, libre de alcabalas, a la que acudían vecinos de toda la comarca.
El castillo de Puñonrostro, construcción más emblemática del municipio, se convirtió en el centro de poder señorial y en torno a él se fue desarrollando el núcleo urbano. La población debió de crecer de forma irregular, con calles poco trazadas, manzanas desiguales y viviendas vinculadas a la actividad agrícola.
En el Siglo XVI, Torrejón de Velasco continuó perteneciendo a la casa de Puñonrostro. La villa seguía sometida a un régimen señorial en el que el conde conservaba importantes derechos de gobierno, justicia y rentas.
Al comenzar la centuria, Torrejón volvió a verse envuelto en conflictos militares, esta vez durante la revuelta de las Comunidades. La villa permaneció fiel a Carlos V, lo que provocó el ataque de los comuneros. En 1521, vecinos de Illescas incendiaron y saquearon Torrejón, aunque no lograron hacerse con la fortaleza.
La fidelidad de los Arias Dávila al emperador fue recompensada en 1523, cuando Carlos V concedió a Juan Arias Dávila el título de conde de Puñonrostro. Poco después, en 1526, el castillo acogió un episodio de notable importancia: Carlos V y Francisco I de Francia fueron hospedados allí con motivo de los encuentros celebrados en Illescas para concertar el matrimonio del monarca francés con Leonor, hermana del emperador. En la fortaleza, Francisco I fue condecorado con el Toisón de Oro.
El castillo no solo tuvo funciones residenciales y representativas, sino también carcelarias. En 1587 fue recluido en él Antonio Pérez, secretario de Felipe II, y también Martín de Acuña, acusado de irregularidades en una misión diplomática ante el sultán de Estambul, que terminó siendo decapitado dentro de la fortaleza.
Durante este siglo la economía de la villa siguió basada en la agricultura, la ganadería y las actividades artesanales. También continuaron siendo importantes los vínculos con los despoblados de Pozuela y Palomero, cuyos términos y rentas estaban relacionados con el señorío de Torrejón.
En el Siglo XVII se mantuvo la dependencia de la casa de Puñonrostro. La villa seguía bajo jurisdicción señorial y el castillo continuó teniendo importancia política y carcelaria. En 1621 fue encerrado en él el duque de Uceda, tras ser encarcelado por orden de Felipe III.
La centuria fue también importante desde el punto de vista religioso y patrimonial. En 1606 se fundó el convento de Trinitarios Descalzos, promovido por los condes de Puñonrostro, Francisco Arias de Bobadilla e Hipólita de Leyva y Cardona. El convento se situó inicialmente en el paraje conocido como la Carrera, junto a la población, aunque en 1629 fue trasladado a un lugar más elevado y menos húmedo, extramuros de la villa.
Este convento llegó a tener gran relevancia. Contaba con iglesia dedicada a San Juan Evangelista, dependencias monásticas, celdas para numerosos religiosos, biblioteca, refectorio, sala capitular, cocina, cuadras, tahona, horno, huerta y abundante agua. Bajo la capilla mayor se encontraba el panteón de los condes de Puñonrostro. Con el tiempo, sin embargo, el edificio entraría en decadencia.
También pertenece en gran parte a este siglo la iglesia parroquial de San Esteban, de la que fue aneja la iglesia de San Cristóbal de Torrejón de la Calzada. Además, en el entorno del casco existían varias ermitas, entre ellas la de la Veracruz, la de Santa María de los Peligros y la de San Nicasio, esta última conservada hasta nuestros días.
En los primeros años del siglo XVII, como consecuencia de la peste, la langosta y otras crisis, se produjo el abandono definitivo de antiguos núcleos como Pozuela y Palomero. Sus escasos habitantes supervivientes se concentraron en Torrejón de Velasco, cuyos términos quedaron incorporados a la villa.
El siglo XVIII fue una etapa de contrastes. Torrejón seguía bajo la autoridad de los condes de Puñonrostro, aunque los antiguos derechos señoriales comenzaban a mostrar tensiones con el concejo local. A mediados de siglo, Pozuela y Palomero ya estaban despoblados, y los justicias de Torrejón ejercían la jurisdicción sobre sus antiguos términos.
Durante la Guerra de Sucesión, Torrejón apoyó a Felipe V y organizó una compañía de cien hombres al mando de Manuel Venero de Varela, nombramiento confirmado por el monarca en 1703.
La población sufrió una notable disminución a lo largo del siglo. Las Descripciones Lorenzanas hablan de un descenso acusado, relacionado con guerras, plagas de langosta y periodos de hambre, especialmente los de 1734 y 1737. El Catastro de Ensenada recogía a mediados del siglo una villa con 242 vecinos, 183 casas en mal estado, numerosas viviendas arruinadas y una economía todavía fundamentalmente agraria.
Los cultivos principales eran trigo, cebada, centeno, algarrobas, guisantes, garbanzos, habas, viñedos y olivos. El vino de Torrejón fue especialmente apreciado, hasta el punto de ser elogiado por el médico de Felipe II, Francisco Vallés, por sus cualidades digestivas. La ganadería, con unas dos mil cabezas de lanar y animales de labor, complementaba la economía agrícola.
En este siglo todavía existían algunas actividades artesanales: una fábrica de jabón, restos de telares donde las jóvenes hilaban lana para la fábrica de tejidos de Guadalajara, un molino del conde de Puñonrostro, dos tiendas, una carnicería, un mesón y diversos oficios como herreros, zapatero, sastre, carretero, médico, cirujano, boticario, escribano y maestro.
Entre los elementos destacados de esta centuria se encontraba la Fuente de la Salud, construida en 1773, según la inscripción conservada. La fuente se hallaba vinculada a la pradera de la Regajera, con arbolado, pilón y dos caños de agua corriente. También son de este siglo algunas casonas notables del casco urbano, como la Casa del Arco, en la plaza de España.
El Siglo XIX supuso un cambio decisivo en la organización política de Torrejón de Velasco. La abolición de los señoríos aprobada por las Cortes de Cádiz en 1812 puso fin al régimen señorial que había marcado la vida de la villa durante siglos. Torrejón pasó a convertirse en municipio libre, integrado en la provincia de Madrid en lo civil y dependiente del arzobispado de Toledo en lo eclesiástico.
Con la reforma territorial de Javier de Burgos de 1833, Torrejón de Velasco quedó definitivamente integrado en la provincia de Madrid. En la organización judicial del siglo XIX pasó a depender del partido judicial correspondiente dentro de la administración provincial madrileña, en relación con su vinculación histórica y funcional con Getafe, que aparece citada como cabeza de partido en el texto del COAM.
Durante este siglo, la población experimentó algunos altibajos. Según Madoz, a mediados del XIX alcanzaba unos 1.650 habitantes, aunque en 1888 había descendido a 1.112. La economía seguía siendo casi exclusivamente agrícola, basada en cultivos de secano como trigo, cebada, guisantes, garbanzos, almortas, algarrobas, avena, algo de vid y olivo. La ganadería era complementaria, con animales de labor, lanar, cabrío y cerdos.
La industria era muy escasa. Existían una almazara y pequeños establecimientos dedicados a la elaboración de pan y vino para consumo local, pero habían desaparecido actividades anteriores como la fábrica de jabón y los tornos para hilar lana. El comercio se limitaba a la venta de granos, lana, carne, vino y aceite, y a la compra de tejidos y comestibles.
El núcleo urbano estaba formado hacia mediados de siglo por unas 300 casas de construcción modesta. La casa consistorial incluía cárcel en su piso bajo, y el castillo de Puñonrostro se encontraba ya muy transformado, ocupado por vecinos como cámaras o dependencias auxiliares. A finales de siglo, las viviendas aumentaron ligeramente hasta 334, aunque seguían siendo antiguas, pobres y distribuidas en calles mal alineadas y deficientemente empedradas.
La representación cartográfica de 1866-1870 muestra un casco irregular, con una trama radioconcéntrica en torno a los espacios del castillo, la iglesia y la plaza mayor, actual plaza de España. Esta última era el espacio urbano más definido, con soportales de tradición castellana. Las viviendas conservaban una tipología rural y urbana a la vez: una o dos plantas, fachadas encaladas, ventanas en planta baja, balcones en la superior y cubiertas de teja curva.
En este siglo también se produjeron importantes transformaciones religiosas y patrimoniales. El convento de Trinitarios Descalzos pasó a manos particulares como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal, iniciada en 1836, lo que aceleró su abandono y ruina. El hospital de San Sebastián, fundado por la cofradía del mismo nombre y ampliado en el siglo XVIII, fue reparado en varias ocasiones a comienzos del siglo XIX, aunque su estado ya era delicado.
La comunicación con Madrid y Getafe mejoró gracias al ferrocarril de la línea Madrid-Ciudad Real, que tenía parada diaria en la estación de Torrejón. Esta estación, desgraciadamente, fue demolida en la década de 1970.
Durante buena parte del Siglo XX, Torrejón de Velasco mantuvo un crecimiento muy limitado. Desde 1910 el censo se mantuvo en torno a los 1.300 habitantes, con ligeras subidas y bajadas. En 1960 alcanzó los 1.377 habitantes, y en 1992 llegó a 1.488, superados al año siguiente con 1.517 vecinos.
La economía siguió centrada en la agricultura, con cultivos de secano como trigo, cebada, algarrobas, guisantes, garbanzos y avena, además de algo de olivar y algunos cultivos de regadío, como cebolla y patata, que adquirieron cierta especialización. La ganadería de labor, lanar y de cerda completaba la actividad económica. La industria era prácticamente inexistente y el comercio se reducía casi por completo al ramo de la alimentación.
Esta falta de oportunidades provocó la emigración de muchos jóvenes hacia municipios cercanos con mayores posibilidades de empleo. Según el texto del COAM, en algunos momentos llegó a existir un fuerte envejecimiento de la población.
El casco urbano cambió poco durante la primera mitad del siglo. Su trazado tradicional se mantuvo casi inalterado y las manzanas conservaron su estructura cerrada, con amplios espacios interiores dedicados a corrales o huertas. En los años cincuenta surgió al sur del casco la barriada de San Nicasio, formada por viviendas protegidas de una planta a lo largo del paseo que conduce a la ermita del santo.
De 1900 datan las antiguas escuelas de la calle Ramón y Cajal, una construcción sencilla de una planta, encalada y cubierta con teja curva, hoy destinada a otros usos.
Durante la Guerra Civil de 1936 desapareció casi por completo lo que quedaba del antiguo convento de Trinitarios Descalzos, que ya arrastraba un proceso de ruina desde el siglo XIX. También se fue transformando el paisaje urbano con nuevas construcciones que, en algunos casos, rompieron la homogeneidad de la arquitectura tradicional.
En 1990 se aprobaron definitivamente las Normas Subsidiarias de Planeamiento, que buscaban ordenar el crecimiento urbano, conservar el ambiente rural del municipio, proteger los edificios de interés arquitectónico, mejorar las dotaciones y orientar el desarrollo de forma más coherente. Estas normas prestaban especial atención al entorno del castillo, la iglesia y la plaza mayor, además de proponer zonas verdes, equipamientos y áreas industriales.
En los años finales del siglo se planteó también un nuevo Plan General de Ordenación Urbana, aprobado definitivamente en julio de 2000, con el objetivo de adaptar el municipio a nuevas necesidades territoriales, mejorar las infraestructuras de comunicación, prever crecimientos residenciales e industriales y proteger el entorno histórico del castillo.
Uno de los grandes conflictos de finales del siglo fue el proyecto de instalación de un vertedero de residuos industriales en el entorno del Cerro de los Batallones. La importancia paleontológica del yacimiento provocó una fuerte oposición social y técnica, tanto de municipios cercanos como de especialistas del Museo Nacional de Ciencias Naturales y de la Comunidad de Madrid. En abril de 2001 se inició expediente de Bien de Interés Cultural para el Cerro de los Batallones, reconociendo así su valor excepcional.
El Siglo XXI encuentra a Torrejón de Velasco como un municipio que conserva aún una fuerte identidad histórica, marcada por su castillo, su casco tradicional, la plaza de España, la iglesia de San Esteban, la ermita de San Nicasio, las antiguas escuelas, el hospital y las casonas históricas que recuerdan su pasado agrícola y señorial.
Al mismo tiempo, el municipio se ha visto afectado por las dinámicas de crecimiento del sur de Madrid. Las nuevas urbanizaciones, la vivienda unifamiliar adosada y las expectativas de mejora de las comunicaciones han modificado parcialmente su estructura, aunque sin borrar del todo el carácter rural y castellano de su casco antiguo.
El entorno del castillo de Puñonrostro y el yacimiento paleontológico del Cerro de los Batallones se han convertido en dos de los principales referentes patrimoniales del municipio. El primero recuerda el peso que tuvo Torrejón de Velasco en las luchas nobiliarias de la Baja Edad Media y en la historia señorial de Castilla. El segundo sitúa al municipio en un contexto mucho más antiguo, anterior a la presencia humana, gracias a unos fósiles de extraordinario valor científico.
Así, Torrejón de Velasco reúne en su término una historia especialmente amplia: desde los restos paleontológicos del Mioceno y los primeros indicios de poblamiento prehistórico, hasta la presencia romana, la repoblación medieval, el largo periodo señorial, las transformaciones del siglo XIX y los cambios urbanos contemporáneos. Su historia es, en buena medida, la de un pueblo que creció a la sombra de un castillo, rodeado de tierras agrícolas, despoblados antiguos y caminos que lo conectaron durante siglos con Madrid, Toledo, La Sagra y el sur de la actual Comunidad de Madrid.

Iniciamos esta visita, después de haber estacionado el coche en la Plaza de la Cilla, a este respecto también hay que mencionar otro pequeño aparcamiento público a escasos metros de la mencionada plaza, en la Calle Presidente Calvo Sotelo. Bajando por esta misma calle apenas 150 metros, en la esquina con la Avenida de la Constitución, nos encontramos frente al Castillo de Puñonrostro.
Esta fortaleza es uno de los elementos patrimoniales más destacados de Torrejón de Velasco y constituye un interesante ejemplo de arquitectura militar bajomedieval en el sur de la Comunidad de Madrid.. Aunque en ocasiones se le ha querido atribuir un origen anterior, incluso musulmán, las investigaciones más prudentes sitúan su construcción en la primera mitad del siglo XV, en un contexto marcado por los enfrentamientos entre distintos linajes nobiliarios por el control político y económico de estas tierras.
La primera noticia documentada de la fortaleza aparece en 1455, aunque su origen parece relacionarse con la etapa en la que la villa pertenecía al obispo de Palencia, Gutierre Gómez de Toledo. Posteriormente pasó por diferentes manos hasta quedar vinculada a la familia Arias Dávila, que recibiría el título de condes de Puñonrostro en 1523, otorgado por Carlos V como reconocimiento a su fidelidad durante la revuelta de las Comunidades.
Desde el punto de vista arquitectónico, se trata de una fortaleza de planta rectangular, de dimensiones relativamente reducidas, organizada en torno a un patio central. El recinto estuvo reforzado por varias torres semicirculares distribuidas en los ángulos y en los lienzos de muralla. Destaca especialmente la torre del homenaje, situada de forma poco habitual en el centro del lienzo oriental, adosada al recinto, con gruesos muros y varios niveles interiores. El acceso principal se realizaba en recodo, mediante una puerta de arco apuntado de sillería, siguiendo una solución defensiva de tradición medieval.
Con el paso del tiempo, el castillo fue perdiendo parte de su carácter estrictamente militar y adquirió también funciones residenciales y palaciegas. Algunas dependencias llegaron a decorarse con cierto refinamiento, y la fortaleza acogió a personajes destacados. Entre los episodios históricos asociados al edificio se recuerdan la estancia de Carlos V y Francisco I de Francia, así como el encarcelamiento de Antonio Pérez y del embajador Martín de Acuña en el siglo XVI.
A partir del siglo XVIII comenzó su decadencia. En 1775 los condes de Puñonrostro dejaron de utilizarlo como residencia y el edificio tuvo usos industriales, como fábrica de jabones e hilaturas de lana. Durante la Guerra de la Independencia fue ocupado por tropas francesas, que dañaron gravemente su interior. Desde entonces se inició un progresivo proceso de ruina, agravado por los cambios de propiedad, el abandono y usos posteriores como corral y palomar.
En la actualidad, el Castillo de Puñonrostro conserva parte de sus lienzos, torres y restos de la torre del homenaje, aunque ha perdido buena parte de su estructura original. Fue declarado Bien de Interés Cultural en 1949 y en 1998 se realizó una intervención de emergencia para consolidar la ruina, especialmente en la torre del homenaje. A pesar de su estado deteriorado, sigue siendo una referencia histórica esencial para comprender el pasado medieval y señorial de Torrejón de Velasco.
Cruzando casi en oblicuo la Avenida de la Constitución, se encuentra la Iglesia Parroquial de San Esteban Protomártir.
Este templo es uno de los principales edificios históricos de Torrejón de Velasco. Su construcción se sitúa entre los siglos XVI y XVII, correspondiendo probablemente la capilla mayor a los años finales del siglo XVI y el resto del templo al siglo XVII. Durante el siglo XVIII se realizaron diversas reparaciones menores, documentadas en el Libro de Fábrica de la parroquia, entre ellas arreglos en la bóveda, reposición de vidrieras y obras en el chapitel de la torre.
El templo sufrió graves daños durante la Guerra Civil, especialmente por la situación del municipio en la línea del frente y por la propia altura de la torre, visible desde la llanura. Al finalizar la contienda, el edificio se encontraba en estado ruinoso. Se conservaban parcialmente el ábside, el crucero, la sacristía, el primer tramo de la nave, parte de las fachadas y la torre, aunque esta había perdido el chapitel y el cuerpo alto. También habían desaparecido los retablos, el pavimento y buena parte de los elementos interiores.
En 1942 se proyectó su reconstrucción bajo la dirección de Gaspar Blein Zarazaga, dentro de las actuaciones de Regiones Devastadas. En un primer momento se llegó a plantear reducir el edificio a una iglesia de planta de cruz griega, lo que habría supuesto la pérdida de la traza primitiva y la desaparición definitiva de la torre. Finalmente se optó por una restauración más respetuosa, integrando los restos conservados y reconstruyendo las partes necesarias. También se añadió un cuerpo lateral en el lado de la Epístola para albergar dependencias parroquiales y vivienda rectoral.
Arquitectónicamente, se trata de un templo de una sola nave, con capillas y hornacinas laterales dispuestas entre los contrafuertes, y una capilla mayor de planta pentagonal. El interior se articula mediante pilastras toscanas que sostienen arcos de medio punto. La nave se cubre con bóveda de cañón con lunetos, mientras que el crucero presenta bóveda vaída y la capilla mayor un casquete hexagonal. A los pies del templo se sitúa el coro en alto, reconstruido durante las obras de posguerra, desde donde se obtiene una buena perspectiva de la nave y del presbiterio.
En el exterior predomina la austeridad. La fábrica combina ladrillo y mampostería cajeada, con sillería en la cabecera y en el zócalo perimetral. La cabecera, reforzada con contrafuertes es una de las partes de mayor solidez del conjunto. La torre, situada junto a la fachada de los pies por el lado de la Epístola, fue reconstruida en parte tras la guerra, aunque sin recuperar completamente el chapitel de pizarra original.
Entre los elementos conservados en el interior destaca la pila bautismal, fechada en el siglo XVII, que constituye una de las piezas históricas más interesantes del templo. Su presencia recuerda la larga continuidad parroquial de la iglesia, más allá de las importantes transformaciones y reconstrucciones que ha sufrido el edificio a lo largo del tiempo.
Dejamos atrás la iglesia parroquial para dirigirnos, a pocos metros por la Calle Alcalde José Antonio Ponce, a la Plaza de España, de forma irregular y con un pequeño pero frondoso jardín, una farola de forja en el centro y un espacio destinado a los más pequeños.
En un lateral de la misma, se encuentra el edificio del Ayuntamiento, levantado a mediados del siglo XX en un estilo de inspiración castellana acorde con el carácter de la plaza. El edificio consta de dos plantas y dispone de soportal en la planta baja y corredor superior, este último utilizado para el pregón de las fiestas y otros actos municipales. Ambos elementos se apoyan sobre pies derechos, es decir, columnas de madera asentadas sobre basas de piedra.. El alero, también de madera, presenta canecillos, y sobre la cubierta destaca un pequeño cuerpo de paredes blanqueadas donde se aloja el reloj.
Salimos de la Plaza de España por la Calle la Fuente, hasta llegar a la Plaza de la Hispanidad, donde se encuentra la Fuente de la Salud.
Siguiendo las Descripciones Lorenzanas, esta fuente debió construirse en el siglo XVIII, ya que en ellas se menciona la existencia de una fuente dentro de la población, con pilón y dos caños de agua corriente, rodeada entonces por árboles:
"Por la parte del Mediodía hay un arroyo de avenida del Poniente; corriente en los inviernos, rara vez, a causa de tempestades en verano, con que se riega una pradera llamada La Regagera, en la que tiene este pueblo un nuevo plantío de olmos negros y blancos. De esta nace el agua de la fuente que existe en la población de esta villa, con un fuerte pilón y capaz y dos caños de agua corriente, hermoseada su circunferencia de árboles."
Según el Diccionario de Pascual Madoz, en origen se encontraba adosada a una casa situada en la Calle de la Fuente. Tras el derribo de dicha vivienda, la fuente fue trasladada a su ubicación actual, aunque llegó bastante deteriorada y tuvo que ser rehabilitada posteriormente.
Arquitectónicamente, se trata de una fuente de composición sencilla y carácter funcional, formada por un frente rectangular rematado por una pequeña cubierta inclinada de piedra. En su parte inferior se dispone el pilón, mientras que en el cuerpo frontal se conservan los caños y restos de una inscripción conmemorativa, hoy bastante ilegible.
Según recoge el COAM, en dicha inscripción podía leerse:
"Hízose esta Fuente de la Salud año de 1773, siendo alcaldes ordinarios por ambos estados de esta villa D. Antonio de Valera, Thomás de Olías, regidores por dichos estados... Montes y Doroteo Enríquez... diputados..."
Desde la plaza, giramos a la derecha y continuamos por la Calle San Nicasio hasta alcanzar la ermita.
Según las Descripciones de Lorenzana, esta era la única ermita que se conservaba de las tres que había tenido el pueblo a finales del siglo XVIII. Se trata de una construcción levantada probablemente entre finales del siglo XVII y el siglo XVIII, que a lo largo del tiempo ha sufrido diversas intervenciones, aunque estas no parecen haber modificado en exceso su aspecto original.
Presenta planta rectangular y muros encalados, con ventanas de pequeñas dimensiones. En los laterales se aprecian dos pequeños cuerpos, destinados a sacristía. El acceso se realiza mediante una escalinata que conduce hasta la portada de entrada, en cuya parte superior aparece el escudo de la villa. Sobre la cubierta de teja curva a cuatro aguas se levanta una pequeña espadaña con campana, rematada por una veleta de forja.
Como comentario, cabe señalar que el acceso a la ermita se encuentra cerrado por una puerta corredera metálica, al quedar el edificio incomprensiblemente dentro de un recinto escolar. Esta situación impide acercarse libremente al monumento, dificulta su contemplación y no permite realizar fotografías de detalle, algo poco habitual tratándose de una ermita histórica.
Abandonamos el núcleo urbano de Torrejón de Velasco y regresamos al coche para dirigirnos a la Ermita de San Isidro, levantada en 1990 e inaugurada en 1993 por el obispo de Getafe y el párroco de Torrejón de Velasco.
Fue construida en la ladera de una pequeña loma, a modo de cueva, con contrafuertes destinados a contener la presión ejercida por el terreno. La obra se llevó a cabo gracias a las aportaciones económicas de los miembros de la cofradía y de parte de los vecinos. En un principio se utilizaba la imagen procedente de la iglesia parroquial, hasta que Carmen Lozano Suárez donó la imagen que puede verse en la actualidad.
Para llegar hasta la ermita existen dos opciones. La primera es hacerlo caminando los cinco kilómetros que la separan de las afueras del pueblo, desde el comienzo del camino de Seseña —40.18551, -3.77363—, en un recorrido sin apenas sombra. La segunda opción es utilizar cualquier clase de vehículo; para ello, igualmente hay que situarse en el mismo punto anterior y conducir hasta la ermita sin desviarse por ningún otro camino. En ambos casos hay que cruzar el puente que salva las vías del tren.
Las coordenadas de la ermita son 40.156389, -3.73500, aunque particularmente no las emplearía como referencia principal, ya que pueden conducir hasta ella por una vía pecuaria que sale de la M-404 y que se encuentra en bastante mal estado.
A unos metros de la Ermita de San Isidro se encuentra la Fuente de la Teja, un antiguo abrevadero situado en un descansadero utilizado tradicionalmente por los ganaderos para dar de beber al ganado.
Fue construida en 1898, según la inscripción conservada en la propia fuente. El conjunto consta de una columna cuadrada rematada de forma piramidal, de la cual sobresale un caño cuyas aguas vierten primero en dos pilones rectangulares iguales. Desde el último de ellos, el agua desciende hacia otros cinco pequeños pilones situados casi a ras de suelo, de los cuales el tercero y el quinto son de mayor tamaño que los otros tres. Todo el conjunto está realizado en piedra caliza.

Fuentes: Folletos Comunidad de Madrid, WEB Ayuntamiento, COAM, ChatGPT y Paneles explicativos
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